sábado, 4 de julio de 2009

LEON COHEN, El desamparo de la Rabia Adolescente.


REVISTA YA.


Siempre estamos comprendiendo nuestras vivencias infantiles o de con posterioridad, una vez que el desarrollo del cuerpo y de nuestra mente proporciona los elementos para completar vivencias e integrarlas a la persona. Es el caso del personaje de esta serie, quien revive escenas claves de su adolescencia.

León Cohen. Por León Cohen. Ilustración: FranCIsCo JaVIer oLea. T al como había sido Andrea, Josefina era una niña y amable, sobre todo en el jardín. Rubia y de ojos claros, parecía una muñequita amo- rosa que encantaba a las visitas. Pasaba bastante tiempo con su abuela materna, que no perdía la oportunidad de mostrár- sela a sus amigas como si fuera la imagen del escudo de nobleza de la familia. Con este fin, la madre de Andrea continua- mente le indicaba a Josefina las correctas maneras de comer y de comportarse de una señorita bien. Cada vez que Andrea presenciaba el sermón materno sobre su hija, se descom- ponía por dentro y sentía un endureci- miento que subía por su espalda hacia su cuello y que presagiaba la jaqueca que se venía. Sin embargo, no lograba sacar bra, decir algo diferente de ese sermón le hastiaba escuchar. Muchas veces tenía sueños así, de impotencia. Estaba sola en su dormitorio y de repente sentía que entraba a la pieza. Un terror la dominaba por completo. Sabía que al lado estaba la pieza de su padre. Trataba de moverse, pero no podía. Hacía un esfuerzo gigan- tesco y sólo se quedaba en una desesperante e inmóvil. Entonces trataba de gritar y parecía que iba a lograr lanzar una llamada de auxilio, sin embargo no salía nada de su boca abierta. De repente, en esa impotencia, com- pletamente desamparada, despertaba transpirando. Tenía sueños así desde Otras veces sentía que tenía que huir de algo o de alguien, y trataba de correr, sin embargo no avanzaba ni un milímetro, o si lo hacía, era a una lentitud tremendamente angustiosa. Ni siquiera tenía el alivio de ser atrapada, pues se mantenía en la an- gustia de ser perseguida y con la sensación de que no podía escapar. Hace algunos años había asistido a esas experiencias de grupo, mezcla de capacita- ción laboral y de terapia informal, y durante un ejercicio de desahogo emocional forzado por un facilitador sádico que se encargaba de tratar de destruirle el ego a los asistentes por medio de apremios psicológicos delante del grupo, tuvo un acceso de llanto desespe- rado e incomprensible para ella. Se le vino de repente la imagen de su tío Eduardo, hermano de su madre, y junto con ello el re- cuerdo de algo que parecía no haber vivido nunca y que ahora no sólo recordaba como algo efectivamente vivido por ella cuando tenía seis años, sino que lo sentía como si lo estuviera viviendo en ese mismo instante, con una humillación, vergüenza, rabia y an- gustia que quizás ni siquiera había sentido en ese momento. Mientras le venía ese recuerdo, el faci- litador le gritaba algo; parece que quería que contara lo que pensaba o algo así. Asaltada por dentro y por fuera sólo pudo sentarse, atrapada en las sensaciones que le habían surgido. Más tarde, el recuerdo comenzó a tomar forma. El tío Eduardo en ocasiones la había llevado al colegio. Sentada a su lado en el auto, se portaba "cariñoso" con ella. Luego, Eduardo trataba de aplacarla y con- vencerla de no hablar de estos juegos con sus padres ya que ellos pdrán enojarse con ella. A la buena niña de Andrea esto la atemorizaba y prefería callar. Esto se repitió en varias ocasiones, a pesar de que Andrea manifestaba su rechazo a irse con su tío al colegio. Frente a esto, la madre, acomodada en la situación y sin preocupa- ción por pensar en el cambio de actitud de su hija, la retaba acusándola de caprichosa. Andrea guardó en su interior un resen- timiento y un odio que por años parecía haber estado esperando cobrar significado. Esto no es nada de raro, pues siempre estamos comprendiendo nuestras viven- cias infantiles o de juventud con posterio- ridad, una vez que el desarrollo del cuerpo y de nuestra mente nos proporciona los materiales para que esas vivencias puedan completarse con las sensaciones y emo- ciones que les corresponden, y que en el pasado no pudieron adquirir por nuestra inmadurez. Así, el recuerdo emerge desde el pasado impregnado de una construc- ción que sólo ahora podemos darle. De esta manera, lo que vivimos en el pasado podremos ahora experienciarlo, pensarlo y comunicarlo, es decir, podremos integrarlo realmente a nuestra persona. Andrea sólo en este momento se dio cuenta de que había sido, de que era, una niña abusada. En su adolescencia no tenía presente nada de esto, y por ello no pudo entender lo que le había pasado a los quince años con Alberto. Él, un compañero de colegio, dos años más arriba que ella, en una fiesta había intentado tocarla mientras bailaban en la oscuridad. A ella le gustaba Alberto y recuerda haberse sentido excitada con él, sobre todo en el baile, al coquetear y reírse juntos. Por eso, para ella misma fue una sorpresa la violenta reacción que tuvo cuando sintió las manos de Alberto deslizarse por su cintura hacia su falda. Descontrolada, lo rechazó hacia un lado con una fuerza inusitada. Alberto se quedó per- plejo. Andrea, angustiada y avergonzada, se fue de allí sintiéndose una loca. El obsesivo ritual En una ocasión, la madre de Andrea ha- blaba de lo gentil que era su hermano con sus alumnos en un colegio tradicional donde hacía clases. Andrea, habitualmente discreta, la interrumpió, mencionando una noticia respecto de un profesor que habían sorpren- dido en abusos con una alumna en ese cole- gio y que lo habían mantenido oculto hasta que la niña lo denunció. La madre, en un tono irónico, dijo que habría que conocer a la "niñita" esa porque de repente, agregó, las jovencitas de hoy pueden ser muy "frescas". Andrea sintió una rabia terrible que la enro- jeció. Se sentía al borde de gritarle o tirarle el tenedor por la cabeza a su madre. La madre de Andrea no estaba acos- tumbrada a que le discutieran ni menos su hija, por lo que se indignó: "¡Cómo se te ocurre hablarme así, eres una falta de respeto!", le gritó. Descompuesto, el padre de Andrea se levantó en silencio y se fue al living. Andrea comenzó a llorar espasmódicamente y le respondió: "¡Lo único que sabes es echarme encima tu autoridad, pero de mí no sabes nada, nada!". Llena de angustia y rabia, sin poder ya pensar y atragantada por el odio, Andrea se levantó de su asiento y se fue a su dormitorio en la más de las soledades, aquella que surge de la ausencia total en el mundo de cualquier contención de lo que uno siente. Se encerró en su pieza con llave, sentada sobre su cama, a oscuras, llena de un odio que iba encerrándose en sí mismo dentro de ella, en una especie de hoyo negro que parecía iba a tragarla por completo, dejándola sin cuerpo, sin sentimientos. Al rato ya, sin afectos, pa- recía una estatua de metal inmóvil sobre su cama, sin pensamientos, sin deseos, completamente bajo control, como una especie de máquina. Entonces, con auto- matismo sádico, casi desde afuera de su cuerpo y en anestesia absoluta, comenzó a arrancarse los pelos de la cabeza, de a uno, con una escrupulosidad de sin sentir nada salvo el placer de tener a un objeto quirúrgico bajo control total: su propio cuerpo. En esa omnipotencia, superando el dolor humano, contó diez pelos, con precisión de relojero, y los dejó a un lado, ordenadamente, listos para ser guardados como una especie de relicario, testigos de la devastación in- terna que había sufrido y la que, sumida en su grandiosidad, sentía haber supe- rado en ese acto. Luego se durmió sin problemas para amanecer al día completamente normal, con su espíritu secretamente mutilado. Andrea había repetido este ritual va- rias veces desde entonces. Encerrada en algún lugar trataba de dominar y anular sus emociones a través de esa ceremo- nia obsesiva. De esta manera y con el tiempo se fue acomodando a tener sus emociones bajo control en algún lugar, aisladas, mientras se dejaba dominar por un pensar y sentir prácticos, es decir, una existencia dedicada exclusivamente a la tramitación ejecutiva y eficiente de las tareas. Esta mutilación emocional la había transformado en una minusválida en las relaciones íntimas con los demás, expuesta a ejercerlas solamente como apariencias, simulando el afecto, simu- lando el placer, simulando la amabilidad, simulando el ser humana. En algún lugar dentro de ella, una parte de Andrea sufría el dolor de una soledad enorme, el terror de un vacío voraz que con cada éxito de esa existen- cia práctica se hacía cada vez más domi- nante en su vida. Cada día que pasaba se le hacía más irreversible el camino de retorno. Sentía que la resurrección de sus afectos la llevaría a una pena tan grande por lo perdido desde ese entonces que no podría resistirlo. Perdida, soñaba a veces con el rescate, con alguien que surgiera y la tomara de la mano para sacarla de esa angustia y la llevara a sentir amor. En un momento pensó que con el nacimiento hija Josefina lo iba a lograr, pero luego volvió a enclaustrarse. Fue después, cuando se produjo ese cambio de papeles, cuando su hija Josefina se perdió, que Andrea pareció quebrarse por dentro. Esa fractura pro- dujo en ella un torrente emocional tan gigantesco que sólo podía deberse al quiebre de la represa enorme que había construido durante años. Ni siquiera esa vez que recordó el abuso había sentido tal grado de perturbación. Andrea pensaba que sólo logrando sen- tir en plenitud podría encontrar a Josefina, registrar las pistas, intuir donde podría estar, sentir una esperanza que moviera las montañas que le impedían encontrar a su hija. Aunque esto significara el derrumbe de su orgullo, aunque implicara reconocer el abandono en que había tenido a su hija, el desamparo en que ella se sentía, la fragi- lidad que se escondía detrás de su taconear ejecutivo, aunque significara todo aquello que la iba a hacer sentirse terriblemente puesta. Todo ello estaba dispuesto a como una ofrenda, como parte de una cie de manda para que Dios o alguien él le permitiera volver a ver a su hija. Alguna vez pensó que su padre la sal- varía, que la defendería de esta madre que ponía en primer lugar la soberbia de su autoridad y el supuesto valor moral de sus principios. Nunca su madre había guiarla o mostrarle lo bueno y lo malo a vés de los hechos concretos de la vida. Era una mujer que se refugiaba en los lugares comunes llenos de abstracción y generali- zaciones, los que utilizaba, paradojalmente, como si fueran objetos concretos. Así, en ocasiones, en vez de criticarla, más bien su madre la lapidaba, le lanzaba piedras a la cabeza, piedras disfrazadas de argumentos de alto valor moral o reli- gioso. Tampoco ella era un modelo vivo de esos valores, pues carecía de la empatía suficiente para intuir que dentro de su hija había sentimientos como los que tendrían que existir dentro de ella, cosa esencial para que los seres humanos podamos comprendernos entre nosotros. Por esto era frecuente la inconsistencia, cosa que enloquecía a Andrea. Su madre, pontificada con la verdad y la rectitud, le ocultaba sin embargo al padre los gastos excesivos que hacía y los adjudicaba a la inflación. A su padre no le importaba. Pero Andrea sabía que su madre le mentía a él. Y así. Hablaba de la compasión con el prójimo, pero le descontaba a la nana los platos que ocasio- nalmente rompía y le hacía comer a ésta un menú diferente al de la familia. En este estado de cosas, su padre había optado por huir y aislarse, también mostrando escasa empatía por la situación de su hija, justifi- cado en la idea de que todos tenían un buen techo y comida gracias a su esfuerzo diario. Andrea sabía lo que era estar sola, des- amparada y sin tener a nadie que pudiera comprender su rabia y mucho menos tole- rarla, contenerla y ayudarla con ella. El derrumbe y la inundación emocional que había significado la desaparición de Josefina casi la habían enloquecido, desinte- grado. Sin embargo, algo la había rescatado desde adentro, lo mismo que le había permi- tido transgredir la moral de su madre y vivir la experiencia con Benito. El hecho mismo de ver a su hija en un lugar similar al que ella se había sentido, perdida y expuesta, la había llevado al lugar complementario, al necesario lugar de la madre que sí es capaz de rescatar a su hija. Debía reconstruirse, en- tonces, para lograr rescatar a Josefina.
León Cohen..