miércoles, 10 de marzo de 2010

El terremoto y el desafío de otro Chile, ARIEL DORFMAN




Fue hace casi 50 años atrás cuando me tocó mi primer terremoto, el
que todavía me causa pesadillas.

Me encontraba, ese 22 de mayo de 1960, presenciando un partido de
fútbol en el Estadio Nacional en Santiago de Chile cuando se oyó un
ruido ensordecedor y, de pronto, así como así, desaparecieron las
montañas. No exagero: el estadio comenzó a mecerse como si fuera una
cuna y se levantó un extremo en el aire, borrando de mis ojos la
cordillera de los Andes. Por suerte, en unos segundos volvieron a
aparecer las montañas y las graderías recobraron alguna mínima
estabilidad. En la cancha algunos jugadores socarrones siguieron
tratando de darle a la pelota y meter un gol avieso, pero ellos
rebotaban más que el balón, así que el árbitro, de bruces en el suelo,
dio por finalizado el encuentro deportivo. Era que no: acabábamos de
pasar por una actividad sísmica de 9.6 en la escala de Richter, la de
mayor magnitud registrada hasta ese instante por los sismógrafos.



No tardamos en saber que el epicentro había sido unos seiscientos
y tantos kilómetros al sur de Santiago y que la devastación era
masiva. Tal vez peor que la convulsión de la tierra misma, que había
arrasado con pueblos enteros, inmolando a miles de inocentes, fue la
marejada que barrió nuestra costa. Viajé a esa región unos meses
después y vi con mis propios ojos los mástiles de navíos hundidos en
el río Valdivia a una larga distancia del mar y los restos de los
colosales altos hornos de Corral que, en vez de fundir metales ahora
mostraban sus torsos agobiados por las aguas invasoras. Y supe también
del sufrimiento y el terror. De boca de los sobrevivientes, escuché de
hombres, mujeres, pequeños que, huyendo hacia los cerros, habían sido
succionados por el tsunami mar adentro como si fuesen retazos de
madera.



Todo esto lo recuerdo ahora, décadas más tarde, mientras miro,
esta vez desde lejos, esta vez desde la seguridad de mi hogar en
Estados Unidos, otro terremoto voraz que ha querido desbaratar mi
país. Recuerdo lo que siempre hemos llamado el gran terremoto de 1960
como una manera de ofrecerme alguna perspectiva histórica sobre este
último y nuevo seísmo, a ver si esto me ayuda a descubrir algún
posible sentido a lo que nos acaba de ocurrir.



Es obsceno comparar cataclismos como si fueran competidores en un
concurso de horrores -éste costó tantos billones, estotro tantas
vidas- y, sin embargo, es posible que medir lo que ha cambiado en
Chile durante el medio siglo que transcurre entre estos dos desastres
mayores pueda contribuir a responder la pregunta más urgente del
momento: ¿y ahora, qué va a pasar? Chile es hoy un país
significativamente más próspero de lo que era hace 50 años. Su
economía se considera la más dinámica y avanzada de América Latina, si
bien sigue afligida por una desigualdad en la distribución del ingreso
que es tan abismal como vergonzante. Esta relativa afluencia de Chile
(con un PIB per cápita casi 15 veces más que en 1960) nos deja mejor
equipados para enfrentar la catástrofe actual, ya que tenemos recursos
humanos y científicos que no podríamos ni haber soñado antaño, hasta
el punto de que nuestra maravillosa presidenta saliente, Michelle
Bachelet, inicialmente informó a la comunidad internacional que el
país no iba a requerir asistencia extranjera (una posición que llegó a
modificar, de manera que ya está empezando a llegar ayuda desde
afuera). Paradójicamente, tales avances de Chile en su tecnología, su
abundancia de bienes materiales, sus múltiples pasos a nivel, su
enorme flota de aviones y autos, su plenitud de altos edificios, deja
al país y a sus ciudadanos extrañamente vulnerables y hasta
desamparados. Mientras más carreteras se tiene, más fracturas puede
sufrir el pavimento.



Y esta riqueza, por lo demás, no se ha acumulado sin severas
consecuencias sociales y hasta morales. En 1960, una nación
desmembrada logró aunarse para emprender juntos la tarea de la
restauración. Yo me pasé las semanas después del terremoto ayudando a
recoger dinero, víveres, frazadas, colchones, que fueron enviados al
sur con caravanas de entusiastas estudiantes y voluntarios (entre
ellos iba mi futura esposa, Angélica, que se pasó un mes
reconstruyendo viviendas en el pueblo de Nacimiento). Fue una lección
de solidaridad que nunca he olvidado: aquellos que menos poseían
fueron los que más dieron, más se preocuparon, más se sacrificaron por
sus compatriotas malheridos. Si Chile hoy es más opulento, también se
ha vuelto una sociedad más egocéntrica e individualista donde, en vez
de una visión de justicia social para todos, la ciudadanía se dedica,
en su mayoría, a consumir en forma desenfrenada, lo que acarrea, por
lo demás, un estrés y deterioro psíquico considerable en la población.



Como todo infortunio descomunal, la tragedia reciente de Chile
puede entenderse como una prueba, una oportunidad para preguntarnos
quiénes somos de verdad, lo que de veras importa en cuanto vayamos
llevando a cabo la reparación, no sólo de nuestros hospitales
derribados y autorrutas cortadas y huesos molidos, sino también de
nuestra precaria identidad.



Creo que las fuentes más profundas de solidaridad que presencié
durante el terremoto de 1960 todavía se encuentran fluyendo adentro de
la amplia mayoría de los chilenos, y han de constituir el semillero
desde el cual van a brotar los esfuerzos más duraderos y relevantes
para levantar a nuestro país de su actual desolación, el motivo por el
cual habremos tal vez de prevalecer una vez más, como en tantas
contingencias pasadas, contra las fuerzas ciegas y roncas de la
naturaleza.



Hace 50 años atrás, el pueblo de Chile halló un modo de sobrevivir
a la muerte y al quebranto, y tengo la esperanza de que en esta
ocasión triste también podremos, con dolor y con duelo y hasta, sí,
con alegría, volver a llevar a cabo de nuevo aquella hazaña que nos
necesita a todos.

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