miércoles, 29 de mayo de 2013

CARMEN: Monólogo de tres minutos.



                   

                       



         No busqué este oficio,   pero cuando llegó a mi puerta no estaba en situación de rechazarlo:   uno se acostumbra a comer todos los días.   Pero  mi venganza  es blanquear su dinero deshaciéndome de los billetes malolientes lo más rápido posible    y   humillándolo cada tarde cuando lo obligo secretamente a confrontarse en mi interior con la belleza y el placer que a él le niego.   Preparo cuidadosamente la escena previa y cubro el espejo del tocador con el velo de la cortina,  para  filtrar el reflejo de la habitación iluminada por  las velas y entrar así en el juego:  también para  filtrame de la vida que no pasa  en vano y ha dejado sus huellas en mi piel.   Entrecierro los ojos y juego a mirarme con ojos ajenos.   Me gusta lo que devuelve el espejo:   el  pelo oscuro  que cae  pesado sobre la espalda desnuda,  los pechos apenas cubiertos por la seda roja,  los ojos de mirada moruna y   el sonido de Bizet que me convierte en la gitana  que embruja y enloquece de amor.    Aspiro el aroma dulce del incienso y siento un estremecimiento de excitación que me recorre el cuerpo.  Mi alma flota  entre  la música  y el deseo:   “si no me quieres, te quiero;  y si te quiero, ten cuidado de ti”

         Uno, dos, tres, cuatro , cinco golpes en la puerta.     Respiro hondo, una dos tres cuatro, cinco veces.

         Puntualmente,    llega  arrastrando la eterna  sonrisa de dientes gastados y la bolsa  de género que huele a marraquetas recién salidas del horno:    con su caminar de pato  y el centro de  gravedad desplazado por la obesidad,   da inicio al ritual de cada tarde.    El sonido metálico de la hebilla de bronce del cinturón,  que suena como campanilla vieja  cuando cae  a las baldosas arrastrada por  el peso del enorme pantalón arrugado;  los calzoncillos anchos y plomizos que  intenta quitarse,  con la dificultad  solo comparable a la de volvérselos a poner:  húmedos  y deformes como peces descompuestos.   El calor del aliento sucio,  el sexo pegajoso,  insignificante y fláccido cubierto  por blondas de carne  que cuelgan desde el vientre y que ahora restriega contra el mío en vano intento.    Entonces  me distancio del sudor añejo que me empapa y comienzo a contar en silencio las vigas del techo:   rescato el aroma del incienso y cierro los ojos ante la inminencia de su sexo en mi rostro, me escapo hacia Sevilla y obligo a Bizet a poseerme:   mi alma flota  entre la imaginación y la música.si no me quieres, te quiero;  y si te quiero, ten cuidado de ti” 

           ¿Cuanto falta para que expire el último jadeo de estos tres minutos?

            Hoy no me besó.  Hoy la felicidad existe. 
                                                          
      Premio Municipalidad de Vitacura,   Concurso Nacional "Con Las Palabras Un Cuento"    
      Octubre 2012.                            

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