sábado, 22 de noviembre de 2014












                                               Summer’s gone.




            En la radio se escucha fuerte,  aquí vine porque vine a la feria de las flores a ver una rosa huraña que es la flor de mis amores,  mientras   arrastramos las sillas del comedor hasta el patio para  subirnos y mirar hacia el sitio del lado.   Estoy feliz.  Esa es  MI canción y suena justo ahora que por fin vamos a  ver  todo lo que  hemos imaginado al otro lado de la muralla:     carruseles con caballitos que suben y bajan y máquinas para hacer algodones de dulce:  rosados,  enormes,  pegajosos.    No sé si es el desencanto por el cerro de escombros, trapos sucios y latas vacías  que encontramos  -o  es porque mi hermana se pone a cantar mi canción como si fuera de ella-  pero  no puedo aguantar el llanto y aunque se enoja,   canto también la suya:   yo tengo unos ojos negros quien me los quiere comprar, los vendo por hechiceros, porque me han pagado mal.
            La radio está siempre sonando en algún lugar de la casa. 
 Hay canciones que me ponen triste, otras me hacen feliz. Pero no  tan feliz como  cuando vamos donde mi abuela  y nos sentamos en las gradas de la terraza y nos cuenta cuentos y se detiene sólo para mirar los puntos del tejido o cuando se  escucha desde la casa del vecino que tiene uno de esos tocadiscos RCA Victor,  a San Antonio como es un santo casamentero  y  a pesar de nuestra impaciencia,   se demora un rato largo  antes de seguir.  Pero hay otra música la que escucha mi papá los días domingos en la mañana y las notas del piano parece  que resonaran dentro de mí y me quedo en silencio encuchándolas.    Entonces le pregunto porqué no tienen letra  y me dice que  no la necesitan, porque el Claro de Luna  solo hay que sentirlo e imaginarlo.   Entono la música  que  escuché la noche de año nuevo  y le pido que la toque en el piano;   salen  de sus manos,   a tropezones  al principio y luego de una sola vez todas las notas, como si la hubiera tocado siempre.  Entonces vuelvo a sentir la emoción de  mi primer trasnoche,  de las luces encendidas que me encandilan, del bote de helados  en la cocina y del vestido tornasol de mi mamá moviéndose al son de Delicado y el sueño que me hace dormir  entre los abrigos de las señoras encima de la cama.      
            No se parece a la música de la fiesta  de mi tía que miramos a escondidas desde el comedor en la casa de los abuelos y que  se llena de mambo, que rico el mambo, mambo que rico es,  y se me quita completamente el sueño porque me parece que es la música más linda y alegre que he escuchado en mi vida y miro extasiada los movimiento de caderas que no logramos imitar.  No entiendo porqué mi abuelo se molesta con esa música,   pero cuando termina  tampoco  está tranquilo,    porque las voces se quedan  en  sospechoso silencio y solo se escucha  desde el tocadiscos, hazla volver a mí, quiero besar su boca, otra vez  junto al mar,  vereda tropical.

            Ahora tenemos tres radios, una en nuestro dormitorio, otra en la pieza de mis papás y otra en el living y siempre hay alguna sonando. Me doy cuenta que  hay una clase de canciones  con las que  siento el corazón apretado;  especialmente si es domingo en la tarde y todavía no he hecho las tareas.  A mí papá le gustan,  pero  a mi mamá no.    Nos tapamos los oídos cuando las canta o las silba  y aunque  algunas tienen nombres divertidos,  como Cumparsita o el Choclo, nos parecen feas y tristes.    Tampoco me gustan las de amor que escucha mi mamá y nos reímos del cantante porque parece  que estuviera resfriado.   Ella las pone bien  fuerte,  especialmente cuando mi papá va a Santiago  y nosotros creemos que se acuerda de él cuando cierra los ojos y canta, contigo en la distancia, amada mía estás.

            Mi papá compró una electrola y nos trae discos cada vez que va a Santiago.   Ahora sólo nos  gustan las canciones en inglés.  Mi hermano hizo una fiesta para su cumpleaños  y estuvieron con sus amigos toda la semana pegados a la electrola sacando la letra de only you para cantársela a las niñas al oído.  Ahora que cumplió 15 nos trata de mocosas, pero con mi hermana  estamos aprendiendo rock and roll y ensayamos todo el día  con las enaguas can-can que nos encargaron a Arica.  Nos gusta don´t be cruel  y peleamos porque ella siempre quiere llevarme.

            Por fin fui a una fiesta. Mi mamá dice que  todavía soy muy chica,   pero le rogué toda la tarde y en el último momento me dijo que si  y abrió un par de medias y me saqué los calcetines.   Mi papá nos fue a dejar en el auto.  Me solté el moño cuando nos bajamos y se me encrespó el pelo porque estaba lloviendo.     Bailé  sólo una vez pero como era mi disco  preferido, lo sabía entero y lo canté mientras bailaba, ‘cause  you've got  personality  walk,  personality  talk,  personality  charm.

             Me quedó lindo el vestido blanco de lunares rojos y escote cuadrado que me mandaron a hacer para la fiesta.  Me compraron zapatos blancos con un poco de  taco y con el pelo corto  represento 13 o 14.   Me aburrí porque tocaron  Ansiedad  tantas veces que tuve que decir que no cuando  me sacaban a bailar.    No me gustan los discos lentos,  menos canciones en castellano porque hay letras que me dan vergüenza.  En Marzo nos vamos otra vez a Santiago.  
           
            Ahora  tengo nuevas amigas y me prestaron un slam book  y hay que contestar las preguntas, ¿quién te gusta? ¿estás pololeando? ¿A quien encuentras churro? ¿cuál es tu canción favorita?     Escribí su nombre y apellido,  a pesar de que su hermana me contó que en Valparaíso tiene una polola  y que los  navales tienen en cada puerto un amor.   Es rubia y la odio.   Ahora mi canción favorita es esa que bailé con él  en su casa  y la escucho todo el día aunque me da pena.  Me gustaría que  viniera el sábado a Santiago, que hubiera un bailoteo y me cantara al oído,  I’m sorry, so sorry, that I was such a fool.      Mi mamá me pregunta porqué estoy tan callada, pero le digo que de dónde saca eso: cambio el disco y me pongo a cantar fuerte in the garden of  eden a long time ago.

            Mis primas de Talca nos invitaron a  pasar  el verano a la casa de la  cordillera  y vamos todos los días a bailar a la hostería.   A mí me gusta un chiquillo de Curicó y  el día antes de volvernos, me grabó sus iniciales en el brazo con un cortaplumas -para que tengas un largo recuerdo mío-  dijo.   Me duele mucho y tuve que ponerme un parche curita para que no lo vea mi mamá.   La última noche mientras bailábamos me dio un beso.  Todavía me siento como flotando en el aire.  Mi papá nos fue a buscar a la estación y con mi hermana nos vinimos calladas todo el camino.    En la radio  suenan  las canciones del verano,   pero ahora se sienten tan distintas y me dan ganas de llorar,   porque  summer’s  gone,  and no song birds are singing:   because your gone, gone from my arms, gone from muy lips, but still in my heart.  



Ximena Guiraldes
(transcurso del tiempo a través de la musica)




           






No hay comentarios: