sábado, 13 de diciembre de 2014

AJENA: (Un cuento de navidad)




        

                                                              
                      AJENA
        (Un cuento de Navidad)


 
            Sucedió tres o cuatro días  antes de navidad hacía ya casi un año:   su marido la había llamado a las nueve, desde la oficina como cada mañana, para saludarla  e intercambiar algunas  palabras cariñosas y darle las indicaciones del día, porque cuando él salía puntualmente a las siete y media, ella aún estaba dormida.     Le gustaba protegerla, decía, y ella se fue acostumbrando.    Incluso, desde  que había nacido el niño,  él se preocupaba de darle  expresas instrucciones a la nana  para que no la molestara y  se entendía  directamente con el servicio doméstico:  que si  algún artefacto necesitaba reparación o si había que reemplazarlo;  que si  la mantención de la piscina era o no la  adecuada,   si el veterinario había llevado al pastor inglés a su cita mensual,  si el jardinero había podado en  la época correcta o se había adelantado,  si se habían  cambiado las  cerámicas  nuevas que había escogido para la cocina,    en fin,  todo lo que correspondía  a la mantención y funcionamiento de la casa,  era él quien lo resolvía.  Al principio  ella tenía alguna participación en las decisiones domésticas, pero con el paso del tiempo él había ido tomando cada vez más control y ella no se oponía.   Ese día, como siempre se había levantado a las diez, y después del desayuno en la terraza  había ido al gimnasio y a la sesión de masajes, había vuelto a cambiarse de ropa para  seguir con su rutina diaria, la que consistía en  vigilar el almuerzo del niño, salir de compras o  almorzar con una amiga en un lugar entretenido  o tomar sol en la piscina.   En las tardes, excepto la de los jueves en las que se juntaba a tomar té en el salón de té con su grupo de lectura o los martes que practicaba bridge con su profesora o pasaba un rato en la tienda  de muebles de su madre y se entretenía con las últimas revistas de diseño,  puntualmente volvía a la casa a eso de las seis,   jugaba un rato con el niño, vigilaba su comida y su hora de dormir, y  ya estaba lista para  esperar a su marido que nunca llegaba antes de las nueve.   Esa mañana él le había pedido que sacara las luces del árbol de navidad  y las cambiara por unas intermitentes  de colores más navideños,  en lugar de esas pequeñas y transparentes  que ella  había comprado el día anterior.   También le había comunicado que además del tradicional pavo de la cena,   a la que como siempre irían sus padres y sus suegros,  había encargado langosta,  porque el presidente de la empresa y  su señora  estaban de paso  en el país  y los había invitado a cenar con ellos  la noche de navidad.    Excepto  por el contratiempo de tener que ir a comprar las luces del árbol en lugar de quedarse tomando sol en la piscina con alguna de sus amigas como había planificado,   esa mañana había transcurrido igual que todas las demás.
            Hacía calor cuando llegó al centro comercial.   A través de las sandalias percibió el calor del fierro caliente  de la escalera mecánica en sus pies  y el pasamanos le pareció tibio y pegajoso;   pero el aire acondicionado de la  tienda le devolvió la serenidad.    Se fijó que habían  cambiado de ubicación la zona de los muebles  y ahora estaban en  un espacio mucho más amplio y habían nuevos  modelos,  algunos de diseños italianos  como los que había conocido en su viaje a Milán. Mentalmente  tomó nota de sus líneas y se convenció que definitivamente  ése seguía siendo  su estilo:   contemporáneo, de líneas minimalistas  y puras.     Se imaginó a si misma en un gran espacio de blancos sobre blancos,   con transparencias y  límites difusos fundiéndose imperceptiblemente con el espacio exterior.     Pero su casa era  todo lo contrario, tuvo que admitir.  Su marido tenía gustos  clásicos y  conservadores  y el ambiente tenía un marcado estilo inglés,  elegante, confortable  y sobrio,  con habitaciones de  colores definidos y apagados.  Miró el reloj y se dio cuenta que llevaba más de una hora  en la tienda  y  decidió  apurar  el trámite de las luces y se encaminó hacia el sector de los objetos de navidad.   Después,  se iría al café, pensó y llamaría  a alguna amiga y la esperaría para almorzar.    O quizás   se iría a su casa a tenderse a la sombra de los árboles con el sonido de la cascada de la piscina de fondo,  porque  intuye que ese leve zumbido que está empezando a sentir  y la casi imperceptible aureola multicolor de la visión,  le anticipa ese dolor de cabeza que últimamente le ha dado por aparecer y que según su médico es producto del estrés.
              Desde lejos se da cuenta que el lugar  se ha llenado de gente. 
 Deben estar  en liquidación, piensa molesta  y se decide a hacer el trámite lo más corto posible.  En alguna parte estarán las luces de colores,  dice en voz alta,  mientras cruza el  lugar entre  los cientos de objetos navideños en rebajas,  que se amontonan entre las mesas de exhibición y la gente.     Sortea  como puede pinos de todos los  tamaños;  de sobremesa, de pie, con luces y sin luces, con esferas de  distintos colores o de un solo color;  centros de mesa nevados, velas  rojas y doradas, manteles rojos botados en  suelo con marcas de zapatillas, muérdagos falsos, metros  y metros de cintas que se desenrrollan de sus carretes;   viejos pascueros musicales  que suenan  en diferentes  tonos y secuencias, niños en cochecitos empujados por sus madres que chocan con  los pinos   y caen  arrastrando a su paso los  blancos ciervos de alambre iluminados,   mientras   intenta  encontrar las luces que busca entre las decenas de  cajas desordenadas en el estante.    Pero  se siente cada vez más confundida  entre  las voces  de la gente   y  el ruido de fondo  que parece amplificarse y los ringtones de los teléfonos que se entremezclan  con el  Navidad, Navidad,
hoy es Navidad
 con campanas este día hay que festejar,  y las nuevas rebajas que vocean los parlantes, y los dos por uno que apremian porque se acaba el stock   y  el aire que  se calienta   y  el tumulto que amenaza su espacio vital  y el  sudor helado que  empieza a empapar su polera  y  el corazón que  golpea con intensidad   y  un  dolor helado y punzante que le atraviesa el pecho,  entonces busca la salida,   pero está aprisionada entre  la gente y la estantería de las cajas de luces   y  quiere negar la angustia  e intenta seguir buscándolas,  pero no encuentra ninguna que le sirva,  porque  están abiertas  y  en su interior  tienen  las luces equivocadas    y cuando cree  que por fin ha encontrado la correcta, como en las pesadillas éstas tampoco corresponden  a su caja,   y  súbitamente  siente que ya no es ella quien está buscando,  que no es su mano la que humedece la caja  y se percibe  ajena, distanciada de su cuerpo como si  se hubiera vaciado  y  que alguien que no conoce la estuviera habitando,  pero que  siente como ella,   porque  es ella la que se está ahogando  y  es su  garganta la que está paralizada  y  dura  y no puede respirar.   Le parece   entonces  que ella es como una de  esas cajas:   y que quizás ella  y las luces que le corresponden jamás  vuelvan a encontrarse,   entonces se siente perdida en medio de la nube de cabezas homogéneas  y amenazantes que la rodean  y ese ruido de avispero que sube de intensidad,  entonces el  terror se apodera de ella   -o de quien sea que siente como ella-   y  una  inminencia de muerte la hace sucumbir.
            De eso hace ya casi un año  y esta mañana como siempre  su marido la ha llamado a las nueve  para saludarla, decirle algunas frases cariñosas y pautear su día: “le dejé  en el escritorio el cheque para su personal trainer y para la masajista.  Recuerde tomarse el remedio con el desayuno.  Hoy  van a llevar las cortinas nuevas.    Que las dejen instaladas y completamente cerradas para que estiren bien y no se marque el terciopelo.   Le pedí a la  secretaria que encargue los arreglos de flores para la mesa de navidad,   así que usted no se moleste en pedirlos”.     
           
            Nada ha cambiado desde entonces.   Nada, excepto que ella no ha vuelto a salir desde ese día y su mundo se ha reducido a los metros cuadrados de la casa porque  es el único lugar donde se siente  a salvo:   la amenaza  de volver a sentir el pánico está aún latente y los remedios no le  ayudan a superar esa ansiedad que prefiere no  volver a recordar.  Le gustaría volver a sentirse como antes, piensa.   Pero como mucho antes.  Como cuando diseñaba muebles  y viajaba sola por el mundo segura y feliz;  como cuando escogía su ropa y a sus amigas y era dueña de su estilo.     Como cuando estaba de novia  y  aún tenía proyectos  y se arriesgaba;   como cuando se atrevió a cambiar la loza inglesa, regalo de matrimonio,  por una italiana blanca de platos enormes, aunque tuvo después que devolverla;  como cuando nació el niño y diseñó ella misma el dormitorio en colores turquesa y verde manzana, aunque su marido quería celeste, azul marino y blanco.  Como cuando disponía algunas veces la comida si había invitados  o como  cuando  elegía ella misma los manteles para vestir la mesa.    O como cuando escogió por última vez la marca de su auto,  entre las dos opciones que le había dado su marido.   Hasta que de a poco fue dejando de elegir  y casi sin darse cuenta  se fue convirtiendo en una señora como todas;   como un  clon de las  mujeres que formaban su círculo de amigos, con el mismo estilo, con el mismo color de pelo, con  los mismos temas,  con la misma rutina,  las mismas opiniones,  con el mismo aburrimiento.
Esa mañana no quiere levantarse.   Se encierra en su dormitorio con la vista fija,  pegada en  un punto lejano;   sin moverse,  casi sin pestañear,  sin decir ni una sóla palabra:   casi sin respirar, como si estuviera ahorrando hasta el aire para ejecutar la decisión que ya ha tomado.    Finalmente  a media tarde se levanta  y  pide  –casi ordena-  que lleven la escalera tijera más alta y la dejen en el salón.   Sola  y a puertas cerradas,    casi a tientas en la oscuridad por las gruesas cortinas cerradas que impiden el paso del sol,  arrastra la escalera hasta el ventanal.  Toma con decisión el grueso cordel con borlas y lo arranca de su lugar;    lentamente comienza a subir los peldaños de la escalera hasta que alcanza la barra de la cortina.   Se aferra de ella con decisión y  ata el grueso cordel de borlas de seda a ella.  Con todas las fuerzas que le permiten sus manos comienza a tirarla hacia abajo, hasta que  la madera cede con gran estruendo y   arrastra  con ella las gruesas cortinas  nuevas de terciopelo que caen pesadamente  al suelo.     

            La transparencia de los cristales  desnudos refleja  ahora la luz en todas direcciones.   Ensimismada, como si fuera una ciega que ha recuperado la visión, observa los espacios que parecen ampliar sus límites  hasta el infinito  ahora que  se encuentran  gozosamente con la luz del exterior.  Se queda inmóvil,  extasiada mirando el reflejo del sol,  ajena a las voces que la llaman y golpean la puerta cerrada,   hasta que comienza a anochecer.    No quiere interrupciones:  tiene la sensación de haberse reencontrado con una vieja y querida amiga después de mucho tiempo,   con la que  tendrán que conversar largamente  para volverse a reconocer.


Ximena Guiraldes,  Diciembre 2009




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