lunes, 18 de octubre de 2010

viernes, 1 de octubre de 2010

HUELGA DE HAMBRE MAPUCHE:




UN GRITO DESESPERADO POR HACERSE ESCUCHAR.

Ser reconocido como pueblo originario con todos sus derechos, es una necesidad sentida del pueblo Mapuche y una deuda histórica, no sólo del Estado de Chile sino que de todos los chilenos. El discurso oficial que los reconoce como un pueblo que se distinguió por su bravura, altivez y espíritu guerrero -del cual vienen Lautaro y Caupolicán- se estrella con la realidad que todos conocemos: la de ser tratados como ciudadanos de segunda clase, a quienes se les sanciona con leyes que a ningún otro ciudadano chileno se le aplica aún por delitos similares,

Se habla de igualdad, fraternidad y libertad, como un valor esencial de nuestra constitución política, pero en la práctica el pueblo Mapuche y sobre todos los jóvenes sufren el triple cerco de la pobreza, la represión y las políticas sociales discriminadoras, instalando en ellos la desesperanza y la frustración que es el origen de conductas violentas y de medidas extremas como esta prolongada huelga de hambre, que no es más que un grito desesperado por hacerse hacerse escuchar. Quienes participamos en este movimiento SALUD UN DERECHO, solicitamos y exigimos que se instale AQUÍ Y AHORA una mesa de diálogo sin exclusiones y con verdadera voluntad de escucharlos: porque sólo un acercamiento sincero puede generar las confianzas necesarias para iniciar este urgente proceso de integración y de un nuevo trato hacia nuestros hermanos Mapuche.

X.G.

Ética Mapuche.


INFORMATIVO MAPUCHE
MAPUEXPRESS
(sacado de www.mapuexpress.net)

La ética mapuche, es la que nos enseñaron nuestros abuelos cuando nos dijeron que debíamos ser personas rectas y buenas. El desafío es conocerse a sí mismo.

Un comunicador mapuche debe actuar bajo los principios de su cultura, y tiene la responsabilidad de ser un conocedor de ella y su idioma, de no ser así, debe ser constante en él esa búsqueda y de ir incorporando a su vida conceptos y conocimientos mapuche para su función comunicacional.

El comunicador mapuche no debe censurar otras visiones, debe respetar la diversidad de su Pueblo y ponerse al servicio de él. Debe sobre poner el interés colectivo por sobre el individual.

Debe adoptar la interculturalidad como construcción propia para incorporar a las sociedades argentina y chilena oprimidas, así como a otros pueblos indígenas a nuestros procesos comunicacionales, todo esto para desarrollar una mejor convivencia entre pueblos.

Debemos plantearnos qué hacer frente a la realidad social que vivimos, con la situación de los presos políticos, porque frente a ello, los comunicadores debemos tomar una posición, no existe la objetividad.

Autonomía y autogestión

La autonomía no es un sueño si no una práctica cotidiana, es hacer política mapuche sin depender de los partidos, ni iglesias, sólo a partir de nuestros principios y valores.

No hay problema en recibir dinero cuando este se entrega por solidaridad y convicción, pero no es válido cuando esto condiciona nuestro accionar. Debemos tratar ser consecuentes, estar concientes de que nuestras necesidades económicas dificultan nuestro caminar, pero también de que hay cosas intransables.

La autogestión también nos invita a recuperar el xafkintu.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Tristes somos aquellos que no hemos nacidos de los dioses Teresa Wilms Montt


Teresa Wilms Montt (1893-1921) |



María Teresa de las Mercedes Wilms Montt, fue hija de Federico Guillermo Wilms y Brieba, y Luz Victoria Montt y Montt. Nació el 8 de septiembre de 1893, en Viña del Mar, y fue la segunda hija, de 7 mujeres.

A pesar de que se la educó para el matrimonio y la vida en la alta sociedad, desde pequeña manifestó su carácter rebelde y apasionado.

Se enamoró de Gustavo Balmaceda, con quien compartía la pasión por la opera. Se casó contra la voluntad de su familia, cuando tenía 17 años de edad, y a raíz de este matrimonio nunca más fue recibida en la casa paterna.

La joven pareja se trasladó a Santiago, donde el carácter artístico y sensible de Teresa se vio realizado en la activa vida cultural capitalino.

Su presencia social no pasó inadvertida y su marido comenzó a sufrir el dolor de los celos. Consecuencia de ello, empezaron también los problemas, los gritos, las peleas, los golpes y la bebida en exceso de él.

El 25 de septiembre de 1911 nació la primera hija del matrimonio Balmaceda Wilms, Elisa.

Masona y anarquista

Por razones de trabajo, la familia Balmaceda Wilms se trasladó a Iquique, donde residió entre 1912 y 1915. "Conocí lo que es para las mujeres de mi clase un misterio: la verdadera miseria material y moral... Mi alma, salió pura de la prueba, pero asqueada", diría Teresa más tarde.

Se relacionó con feministas y sindicalistas, y una pléyade de reformistas, que ejercieron influencia en ella. Adscribió al pensamiento masón y anarquista, consolidándose su espíritu librepensador.

Se inició en la política y comenzó a escribir con el seudónimo de Tebal en la prensa de Iquique.

El 2 de noviembre de 1913 nació su segunda hija, Sylvia Luz.

El convento de la Preciosa Sangre

Posteriormente los Balmaceda Wilms regresaron a Santiago. Tras un viaje, Gustavo descubrió las cartas de amor que su primo, Vicente Balmaceda Zañartu, enviaba a su esposa.

Como castigo, Teresa fue recluida el 18 de octubre de 1915, en el convento de la Preciosa Sangre y apartada de sus hijas, las que pasaron a la tutela de sus abuelos paternos.

En la soledad del convento escribió su Diario Íntimo, e intentó suicidarse el 29 de marzo de 1916, tomando un frasco de morfina. En esta difícil situación fue nuevamente rechazada por sus padres.

En Buenos Aires

En junio de 1916, Teresa inició un viaje sin retorno. El poeta Vicente Huidobro la ayudó a escapar del convento y abandonó Chile, embarcándose hacia Buenos Aires.

Entró al círculo intelectual de esa moderna ciudad, convirtiéndose en una de las pocas mujeres que frecuentaban la bohemia bonaerense.

Sus sueños de escritora se concretaron. En abril de 1917, cuando tenía solo 24 años, apareció su libro Inquietudes Sentimentales y, el mismo año, Los Tres Cantos. Ambos fueron elogiados por la crítica.

Se va a Nueva York

Teresa no pudo huir de una especie de sino: un joven admirador suyo, llamado Horacio, de 19 años, se suicidió debido al desaire de Teresa. Este hecho marcó, incluso, su prosa.

Se dirigió a Nueva York con el objetivo de alistarse en la Cruz Roja, y tras una dura travesía, llegó el 3 de enero de 1918 a esa ciudad. Allí fue acusada de espía alemana y enviada a prisión, lo que la hizo abandonar su objetivo. Su nuevo destino fue España.

Teresa de la Cruz

En la bohemia madrileña inició una gran amistad con los escritores Gómez de la Serna, Gómez Carrillo y el chileno Joaquín Edwards Bello, convirtiéndose además en la musa de Ramón Valle-Inclán.

En Madrid publicó En la Quietud del Mármol, con un prólogo de Gómez-Carrillo, y Anuarí, prologado por Ramón Valle-Inclán. Allí, también, tomó el seudónimo de Teresa de la Cruz.

"Mi destino es errar"

La vida itinerante de Teresa Wilms no cesó. En agosto de 1918 regresó a Buenos Aires, donde publicó la colección Cuentos para los Hombres que son Todavía Niños (24 de febrero de 1919).

El 10 de junio de 1919 se embarcó rumbo a Europa, arribando a Londres el 26 de junio. De ahí volvió a España, donde se reunió con sus antiguos amigos e intercambió misivas con Valle-Inclán.

Sevilla, Córdoba y Granada fueron sus nuevos destinos. Al salir de Buenos Aires, había señalado en su diario: "He huido de Argentina porque mi destino es errar".

El encuentro con sus hijas: "...unos ojos de una profundidad increíble".

En 1920, Teresa se trasladó a París, donde se enteró de que su suegro había sido nombrado en un cargo diplomático en la ciudad luz, y que viajaría hasta allí junto a sus nietas, las hijas de Teresa.

Después de 5 años de separación, pudo reencontrarse con ambas niñas. Elisa tenía casi 9 años, y Sylvia 6 años y medio "Con mi hermana y --mi mamita--, íbamos por Les Champs Elysées cuando se detuvo un taxi y nos hizo señas una mujer con una capelina negra. Nos acercamos. Yo la quedé mirando abismada de su belleza. Tenía unos ojos de una profundidad increíble. No sabía que era mi madre. Se acercó para abrazarme y me dijo: --¡Mi amor, yo soy tu mamá...!--", recordaría Sylvia después.

Teresa logró verlas dos días a la semana, gracias a las gestiones de algunos diplomáticos.

El enorme dolor de separarse de Elisa y Sylvia

Sin embargo la felicidad duró poco; llegó el momento en que las niñas Balmaceda debían volver a Chile con sus abuelos. El dolor se apoderó de Teresa, quien decidió encerrarse en su habitación de la Avenue Montaigne.

Casi no comía, fumaba en exceso y tomaba medicamentos para adormilar sus sentidos.

Escribió en su Diario: "Me siento mal físicamente. Nunca he tributado a mi cuerpo el honor de tomar su vida en serio, por consiguiente no he de lamentar el que ella me abandone. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había. Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido".

En vísperas de la Navidad de 1921, Teresa tomó una alta dosis de somníferos, lo que alargó su agonía desde su ingreso al Hospital Laënnec, el 22 de diciembre, hasta su deceso el día 24, cuando tenía sólo 28 años de edad.
Fuente: Cristián Guerrero Lira, Fernando Ramírez Morales e Isabel Torres Dujisin.



http://www.memoriachilena.cl/temas/dest.asp?id=wilmsloqueno

...

domingo, 5 de septiembre de 2010

El Chiflón del Diablo. Cuento de Baldomero Lillo, 1904.




Baldomero Lillo, 1904

En una sala baja y estrecha, el capataz de turno sentado en su mesa de trabajo y teniendo delante de sí un gran registro abierto, vigilaba la bajada de los obreros en aquella fría mañana de invierno. Por el hueco de la puerta se veía el ascensor aguardando su carga humana que, una vez completa, desaparecía con él, callada y rápida, por la húmeda abertura del pique.

Los mineros llegaban en pequeños grupos, y mientras descolgaban de los ganchos adheridos a las paredes sus lámparas, ya encendidas, el escribiente fijaba en ellos una ojeada penetrante, trazando con el lápiz una corta raya al margen de cada nombre. De pronto, dirigiéndose a dos trabajadores que iban presurosos hacia la puerta de salida los detuvo con un ademán, diciéndoles:

-Quédense ustedes.

Los obreros se volvieron sorprendidos y una vaga inquietud se pintó en sus pálidos rostros. El más joven, muchacho de veinte años escasos, pecoso, con una abundante cabellera rojiza, a la que debía el apodo de Cabeza de Cobre, con que todo el mundo lo designaba, era de baja estatura, fuerte y robusto. El otro más alto, un tanto flaco y huesudo, era ya viejo de aspecto endeble y achacoso. Ambos con la mano derecha sostenían la lámpara y con la izquierda su manojo de pequeños trozos de cordel en cuyas extremidades había atados un botón o una cuenta de vidrio de distintas formas y colores; eran los tantos o señales que los barreteros sujetan dentro de las carretillas de carbón para indicar arriba su procedencia.

La campana del reloj colgado en el muro dio pausadamente las seis. De cuando en cuando un minero jadeante se precipitaba por la puerta, descolgaba su lámpara y con la misma prisa abandonaba la habitación, lanzando al pasar junto a la mesa una tímida mirada al capataz, quien, sin despegar los labios, impasible y severo, señalaba con una cruz el nombre del rezagado.

Después de algunos minutos de silenciosa espera, el empleado hizo una seña a los obreros para que se acercasen, y les dijo:

-Son ustedes carreteros de la Alta, ¿no es así?

-Sí, señor -respondieron los interpelados.

-Siento decirles que se quedan sin trabajo. Tengo orden de disminuir el personal de esa veta.

Los obreros no contestaron y hubo por un instante un profundo silencio. Por fin el de más edad dijo:

-¿Pero se nos ocupará en otra parte?

El individuo cerró el libro con fuerza y echándose atrás en el asiento con tono serio contestó:

-Lo veo difícil, tenemos gente de sobra en todas las faenas.

El obrero insistió:

-Aceptamos el trabajo que se nos dé, seremos torneros, apuntaladores, lo que Ud. quiera.

El capataz movía la cabeza negativamente.

-Ya lo he dicho, hay gente de sobre y si los pedidos de carbón no aumentan, habrá que disminuir también la explotación en algunas otras vetas.

Una amarga e irónica sonrisa contrajo los labios del minero, y exclamó:

-Sea usted franco, don Pedro, y díganos de una vez que quiere obligarnos a que vayamos a trabajar al Chiflón del Diablo.

El empleado se irguió en la silla y protestó indignado:

-Aquí no se obliga a nadie. Así como Uds. son libres de rechazar el trabajo que no les agrade, la Compañía, por su parte, está en su derecho para tomar las medidas que más convengan a sus intereses.

Durante aquella filípica, los obreros con los ojos bajos escuchaban en silencio y al ver su humilde continente la voz del capataz se dulcificó.

-Pero, aunque las órdenes que tengo son terminantes -agregó-, quiero ayudarles a salir del paso. Hay en el Chiflón Nuevo o del Diablo, como Uds. lo llaman, dos vacantes de barreteros, pueden ocuparlas ahora mismo, pues mañana sería tarde.

Una mirada de inteligencia se cruzó entre los obreros. Conocían la táctica y sabían de antemano el resultado de aquella escaramuza: Por lo demás estaban ya resueltos a seguir su destino. No había medio de evadirse. Entre morir de hambre o morir aplastado por un derrumbe, era preferible lo último: tenía la ventaja de la rapidez. ¿Y dónde ir? El invierno, el implacable enemigo de los desamparados, como un acreedor que cae sobre los haberes del insolvente sin darle tregua ni esperas, había despojado a la naturaleza de todas sus galas. El rayo tibio del sol, el esmaltado verdor de los campos, las alboradas de rosa y oro, el manto azul de los cielos, todo había sido arrebatado por aquel Shylock inexorable que, llevando en la diestra su inmensa talega, iba recogiendo en ella los tesoros de color y luz que encontraba al paso sobre la faz de la tierra.

Las tormentas de viento y lluvia que convertían en torrentes los lánguidos arroyuelos, dejaban los campos desolados y yermos. Las tierras bajas eran inmensos pantanos de aguas cenagosas, y en las colinas y en las laderas de los montes, los árboles sin hojas ostentaban bajo el cielo eternamente opaco la desnudez de sus ramas y de sus troncos.

En las chozas de los campesinos el hambre asomaba su pálida faz a través de los rostros de sus habitantes, quienes se veían obligados a llamar a las puertas de los talleres y de las fábricas en busca del pedazo de pan que les negaba el mustio suelo de las campiñas exhaustas.

Había, pues, que someterse a llenar los huecos que el fatídico corredor abría constantemente en sus filas de inermes desamparados, en perpetua lucha contra las adversidades de la suerte, abandonados de todos, y contra quienes toda injusticia e iniquidad estaba permitida.

El trato quedó hecho. Los obreros aceptaron sin poner objeciones el nuevo trabajo, y un momento después estaban en la jaula, cayendo a plomo en las profundidades de la mina.

La galería del Chiflón del Diablo tenía una siniestra fama. Abierta para dar salida al mineral de un filón recién descubierto, se habían en un principio ejecutado los trabajos con el esmero requerido. Pero a medida que se ahondaba en la roca, ésta se tornaba porosa e inconsistente. Las filtraciones un tanto escasas al empezar habían ido en aumento, haciendo muy precaria la estabilidad de la techumbre que sólo se sostenía mediante sólidos revestimientos. Una vez terminada la obra, como la inmensa cantidad de maderas que había que emplear en los apuntalamientos aumentaba el costo del mineral de un modo considerable, se fue descuidando poco a poco esta parte esencialísima del trabajo. Se revestía siempre, sí, pero con flojedad, economizando todo lo que se podía.

Los resultados de este sistema no se dejaron esperar. Continuamente había que extraer de allí a un contuso, un herido y también a veces algún muerto aplastado por un brusco desprendimiento de aquel techo falto de apoyo, y que, minado traidoramente por el agua, era una amenaza constante para las vidas de los obreros, quienes atemorizados por la frecuencia de los hundimientos empezaron a rehuir las tareas en el mortífero corredor. Pero la Compañía venció muy luego su repugnancia con el cebo de unos cuantos centavos más en los salarios y la explotación de la nueva veta continuó.

Muy luego, sin embargo, el alza de los jornales fue suprimida sin que por esto se paralizasen las faenas, bastando para obtener este resultado el método puesto en práctica por el capataz aquella mañana.

Muchas veces, a pesar de los capitales invertidos en esa sección de la mina, se había pensado en abandonarla, pues el agua estropeaba en breve los revestimientos que había que reforzar continuamente, y aunque esto se hacía en las partes sólo indispensables, el consumo de maderos resultaba siempre excesivo. Pero para desgracia de los mineros, la hulla extraída de allí era superior a la de los otros filones, y la carne del dócil y manso rebaño puesta en el platillo más leve, equilibraba la balanza, permitiéndole a la Compañía explotar sin interrupción el riquísimo venero, cuyos negros cristales guardaban a través de los siglos la irradiación de aquellos millones de soles que trazaron su ruta celeste, desde el oriente al ocaso, allá en la infancia del planeta.

Cabeza de Cobre llegó esa noche a su habitación más tarde que de costumbre. Estaba grave, meditabundo, y contestaba con monosílabos las cariñosas preguntas que le hacía su madre sobre su trabajo del día. En ese hogar humilde había cierta decencia y limpieza por lo común desusadas en aquellos albergues donde en promiscuidad repugnante se confundían hombres, mujeres y niños y una variedad tal de animales que cada uno de aquellos cuartos sugería en el espíritu la bíblica visión del Arca de Noé.

La madre del minero era una mujer alta, delgada, de cabellos blancos. Su rostro muy pálido tenía una expresión resignada y dulce que hacía más suave aún el brillo de sus ojos húmedos, donde las lágrimas parecían estar siempre prontas a resbalar. Llamábase María de los Ángeles.

Hija y madre de mineros, terribles desgracias la habían envejecido prematuramente. Su marido y dos hijos muertos unos tras otros por los hundimientos y las explosiones del grisú, fueron el tributo que los suyos habían pagado a la insaciable avidez de la mina. Sólo le restaba aquel muchacho por quien su corazón, joven aún, pasaba en continuo sobresalto. Siempre temerosa de una desgracia, su imaginación no se apartaba un instante de las tinieblas del manto carbonífero que absorbía aquella existencia que era su único bien, el único lazo que la sujetaba a la vida.

¿Cuántas veces en esos instantes de recogimiento había pensado, sin acertar a explicárselo, en el porqué de aquellas odiosas desigualdades humanas que condenaban a los pobres, al mayor número, a sudar sangre para sostener el fausto de la inútil existencia de unos pocos! ¡Y si tan sólo se pudiera vivir sin aquella perpetua zozobra por la suerte de los seres queridos, cuyas vidas eran el precio, tantas veces pagado, del pan de cada día!

Pero aquellas cavilaciones eran pasajeras, y no pudiendo descifrar el enigma, la anciana ahuyentaba esos pensamientos y tornaba a sus quehaceres con su melancolía habitual.

Mientras la madre daba la última mano a los preparativos de la cena, el muchacho sentado junto al fuego permanecía silencioso, abstraído en sus pensamientos. La anciana, inquieta por aquel mutismo, se preparaba a interrogarlo cuando la puerta giró sobre sus goznes y un rostro de mujer asomó por la abertura.

-Buenas noches, vecina. ¿Cómo está el enfermo? -preguntó cariñosamente María de los Ángeles.

-Lo mismo -contestó la interrogada, penetrando en la pieza-. El médico dice que el hueso de la pierna no ha soldado todavía y que debe estar en la cama sin moverse.

La recién llegada era una joven de moreno semblante, demacrado por vigilias y privaciones. Tenía en la diestra una escudilla de hoja de lata y, mientras respondía, esforzábase por desviar la vista de la sopa que humeaba sobre la mesa.

La anciana alargó el brazo y cogió el jarro y en tanto vaciaba en él el caliente líquido, continuó preguntando:

-¿Y hablaste, hija, con los jefes? ¿Te han dado algún socorro?

La joven murmuró con desaliento:

-Sí, estuve allí. Me dijeron que no tenía derecho a nada, que bastante hacían con darnos el cuarto; pero, que si él moría fuera a buscar una orden para que en despacho me entregaran cuatro velas y una mortaja.

Y dando un suspiro agregó:

-Espero en Dios que mi pobre Juan no los obligará a hacer ese gasto.

María de los Ángeles añadió a la sopa un pedazo de pan y puso ambas dádivas en mano de la joven, quien se encaminó hacia la puerta, diciendo agradecida:

-La Virgen se lo pagará, vecina.

-Pobre Juana -dijo la madre, dirigiéndose hacia su hijo, que había arrimado su silla junto a la mesa-, pronto hará un mes que sacaron a su marido del pique con la pierna rota.

-¡En qué se ocupaba?

-Era barretero del Chiflón del Diablo.

-¡Ah, sí, dicen que los que trabajan ahí tienen la vida vendida!

-No tanto, madre -dijo el obrero-, ahora es distinto, se han hecho grandes trabajos de apuntalamientos. Hace más de una semana que no hay desgracias.

-Será así como dices, pero yo no podría vivir si trabajaras allá; preferiría irme a mendigar por los campos. No quiero que te traigan un día como trajeron a tu padre y a tus hermanos.

Gruesas lágrimas se deslizaron por el pálido rostro de la anciana. El muchacho callaba y comía sin levantar la vista del plato.

Cabeza de Cobre se fue a la mañana siguiente a su trabajo sin comunicar a su madre el cambio de faena efectuado el día anterior. Tiempo de sobra habría siempre para darle aquella mala noticia. Con la despreocupación propia de la edad no daba grande importancia a los temores de la anciana. Fatalista, como todos sus camaradas, creía que era inútil tratar de sustraerse al destino que cada cual tenía de antemano designado.

Cuando una hora después de la partida de su hijo María de los Ángeles abría la puerta, se quedó encantada de la radiante claridad que inundaba los campos. Hacía mucho tiempo que sus ojos no veían una mañana tan hermosa. Un nimbo de oro circundaba el disco del sol que se levantaba sobre el horizonte enviando a torrentes sus vívidos rayos sobre la húmeda tierra, de la que se desprendían por todas partes azulados y blancos vapores. La luz del astro, suave como una caricia, derramaba un soplo de vida sobre la naturaleza muerta. Bandadas de aves cruzaban, allá lejos, el sereno azul, y un gallo de plumas tornasoladas desde lo alto de un montículo de arena lanzaba una alerta estridente cada vez que la sombra de un pájaro deslizábase junto a él.

Algunos viejos, apoyándose en bastones y muletas, aparecieron bajo los sucios corredores, atraídos por el glorioso resplandor que iluminaba el paisaje. Caminaban despacio, estirando sus miembros entumecidos, ávidos de aquel tibio calor que fluía de lo alto.

Eran los inválidos de la mina, los vencidos del trabajo. Muy pocos eran los que no estaban mutilados y que no carecían ya de un brazo o de una pierna. Sentados en un banco de madera que recibía de lleno los rayos del sol, sus pupilas fatigadas, hundidas en las órbitas, tenían una extraña fijeza. Ni una palabra se cruzaba entre ellos, y de cuando en cuando tras una tos breve y cavernosa, sus labios cerrados se entreabrían para dar paso a un escupitajo negro como la tinta.

Se acercaba la hora del mediodía y en los cuartos las mujeres atareadas preparaban las cestas de la merienda para los trabajadores, cuando el breve repique de la campana de alarma las hizo abandonar la faena y precipitarse despavoridas fuera de las habitaciones.

En la mina el repique había cesado y nada hacia presagiar una catástrofe. Todo allí tenía el aspecto ordinario y la chimenea dejaba escapar sin interrupción su enorme penacho que se ensanchaba y crecía arrastrado por la brisa que lo empujaba hacia el mar.

María de los Ángeles se ocupaba en colocar en la cesta destinada a su hijo la botella de café, cuando la sorprendió el toque de alarma y, soltando aquellos objetos, se abalanzó hacia la puerta frente a la cual pasaban a escape con las faldas levantadas, grupos de mujeres seguidas de cerca por turbas de chiquillos que corrían desesperadamente en pos de sus madres. La anciana siguió aquel ejemplo: sus pies parecían tener alas, el aguijón del terror galvanizaba sus viejos músculos y todo su cuerpo se estremecía y vibraba como la cuerda del arco en su máximum de tensión.

En breve se colocó en primera fila, y su blanca cabeza herida por los rayos del sol parecía atraer y precipitar tras de sí la masa sombría del harapiento rebaño.

Las habitaciones quedaron desiertas. Sus puertas y ventanas se abrían y se cerraban con estrépito impulsadas por el viento. Un perro atado en uno de los corredores, sentado en sus cuartos traseros, con la cabeza vuelta hacia arriba, dejaba oír un aullido lúgubre como respuesta al plañidero clamor que llegaba hasta él, apagado por la distancia.

Sólo los viejos no habían abandonado su banco calentado por el sol, y mudos e inmóviles, seguían siempre en la misma actitud, con los turbios ojos fijos en un más allá invisible y ajenos a cuanto no fuera aquella férvida irradiación que infiltraba en sus yertos organismos un poco de aquella energía y de aquel tibio calor que hacía renacer la vida sobre los campos desiertos.

Como los polluelos que, percibiendo de improviso el rápido descenso del gavilán, corren lanzando pitíos desesperados a buscar un refugio bajo las plumas erizadas de la madre, aquellos grupos de mujeres con las cabelleras destrenzadas, que gimoteaban fustigadas por el terror, aparecieron en breve bajo los brazos descarnados de la cabria, empujándose y estrechándose sobre la húmeda plataforma. Las madres apretaban a sus pequeños hijos, envueltos en sucios harapos, contra el seno semidesnudo, y un clamor que no tenía nada de humano brotaba de las bocas entreabiertas contraídas por el dolor.

Una recia barrera de maderos defendía por un lado la abertura del pozo, y en ella fue a estrellarse parte de la multitud. En el otro lado unos cuantos obreros con la mirada hosca, silenciosos y taciturnos, contenían las apretadas filas de aquella turba que ensordecía con sus gritos, pidiendo noticias de sus deudos, del número de muertos y del sitio de la catástrofe.

En la puerta de los departamentos de las máquinas se presentó con la pipa entre los dientes uno de los ingenieros, un inglés corpulento, de patillas rojas, y con la indiferencia que da la costumbre, paseó una mirada sobre aquella escena. Una formidable imprecación lo saludó y centenares de voces aullaron:

-¿Asesinos, asesinos!

Las mujeres levantaban los brazos por encima de sus cabezas y mostraban los puños ebrias de furor. El que había provocado aquella explosión de odio lanzó al aire algunas bocanadas de humo y volviendo la espalda, desapareció.

La noticias que los obreros daban del accidente calmó un tanto aquella excitación. El suceso no tenía las proporciones de las catástrofes de otras veces: sólo había tres muertos de quienes se ignoraban aún los nombres. Por lo demás, y casi no había necesidad de decirlo, la desgracia, un derrumbe, había ocurrido en la galería del Chiflón del Diablo, donde se trabajaba ya hacía dos horas en extraer las víctimas, esperándose de un momento a otro la señal de izar en el departamento de las máquinas.

Aquel relato hizo nacer la esperanza en muchos corazones devorados por la inquietud. María de los Ángeles, apoyada en la barrera, sintió que la tenaza que mordía sus entrañas aflojaba sus férreos garfios. No era la suya esperanza sino certeza: de seguro él no estaba entre aquellos muertos. Y reconcentrada en sí misma con ese feroz egoísmo de las madres oía casi con indiferencia los histéricos sollozos de las mujeres y sus ayes de desolación y angustia.

Entretanto huían las horas, y bajo las arcadas de cal y ladrillo la máquina inmóvil dejaba reposar sus miembros de hierro en la penumbra de los vastos departamentos; los cables, como los tentáculos de un pulpo, surgían estremecientes del pique hondísimo y enroscaban en la bobina sus flexibles y viscosos brazos; la maza humana apretada y compacta palpitaba y gemía como una res desangrada y moribunda, y arriba, por sobre la campiña inmensa, el sol, traspuesto ya el meridiano, continuaba lanzando los haces centelleantes de sus rayos tibios y una calma y serenidad celestes se desprendían del cóncavo espejo del cielo, azul y diáfano, que no empañaba una nube.

De improviso el llanto de las mujeres cesó: un campanazo seguido de otros tres resonaron lentos y vibrantes: era la señal de izar. Un estremecimiento agitó la muchedumbre, que siguió con avidez las oscilaciones del cable que subía, en cuya extremidad estaba la terrible incógnita que todos ansiaban y temían descifrar.

Un silencio lúgubre interrumpido apenas por uno que otro sollozo reinaba en la plataforma, y el aullido lejano se esparcía en la llanura y volaba por los aires, hiriendo los corazones como un presagio de muerte.

Algunos instantes pasaron, y de pronto la gran argolla de hierro que corona la jaula asomó por sobre el brocal. El ascensor se balanceó un momento y luego se detuvo por los ganchos del reborde superior.

Dentro de él algunos obreros con las cabezas descubiertas rodeaban una carretilla negra de barro y polvo de carbón.

Un clamoreo inmenso saludó la aparición del fúnebre carro, la multitud se arremolinó y su loca desesperación dificultaba enormemente la extracción de los cadáveres. El primero que se presentó a las ávidas miradas de la turba estaba forrado en mantas y sólo dejaba ver los pies descalzos, rígidos y manchados de lodo. El segundo que siguió inmediatamente al anterior tenía la cabeza desnuda: era un viejo de barba y cabellos grises.

El tercero y último apareció a su vez. Por entre los pliegues de la tela que lo envolvía asomaban algunos mechones de pelos rojos que lanzaban a la luz del sol un reflejo de cobre recién fundido. Varias voces profirieron con espanto:

-¡El Cabeza de Cobre!

El cadáver tomado por los hombros y por los pies fue colocado trabajosamente en la camilla que lo aguardaba.

María de los Ángeles al percibir aquel lívido rostro y esa cabellera que parecía empapada en sangre, hizo un esfuerzo sobrehumano para abalanzarse sobre el muerto; pero apretada contra la barrera sólo pudo mover los brazos en tanto que un sonido inarticulado brotaba de su garganta.

Luego sus músculos se aflojaron, los brazos cayeron a lo largo del cuerpo y permaneció inmóvil en el sitio como herida por el rayo.

Los grupos se apartaron y muchos rostros se volvieron hacia la mujer, quien con la cabeza doblada sobre el pecho, sumida en una insensibilidad absoluta, parecía absorta en la contemplación del abismo abierto a sus pies.

Un rayo de luz, pasando a través de la red de cables y de maderos, hería oblicuamente la húmeda pared del pozo. Atraídas por aquel punto blanco y brillante las pupilas de la anciana, espantosamente dilatadas, claváronse en el círculo luminoso, el cual lentamente y como si obedeciera a la inexorable, escrutadora mirada, fue ensanchándose y penetrando en la masa de roca como a través de un cristal diáfano y transparente.

Aquella rendija, semejante al tubo de un colosal anteojo, puso a la vista de María de los Ángeles un mundo desconocido; un laberinto de corredores abiertos en la roca viva, sumergidos en tinieblas impenetrables y en las cuales el rayo del sol esparcía una claridad vaga y difusa.

A veces el haz luminoso, cual una barrera de diamantes, agujereaba los techos de lóbregas galerías a las que se sucedían redes inextricables de pasadizos estrechos por los que apenas podría deslizarse una alimaña.

De pronto las pupilas de las ancianas se animaron: tenía a la vista un largo corredor muy inclinado en el que tres hombres forcejeaban por colocar dentro de la vía una carretilla de mineral. Una lluvia copiosa caía desde la techumbre sobre sus torsos desnudos. María de los Ángeles reconoció a su hijo en uno de aquellos obreros en el instante en que se erguían violentamente y fijaban en el techo una mirada de espanto: siguióse un chasquido seco y desapareció la visión.

Cuando las tinieblas se disiparon, la anciana vio flotar sobre un montón de escombros una densa nube de polvo, al mismo tiempo que un llamado de infinita angustia, un grito de terrible agonía subió por el inmenso tubo acústico y murmuró junto a su oído:

-¡Madre mía!

.........................................................................................................

Jamás se supo cómo salvó la barrera. Detenida por los cables niveles, se la vio por un instante agitar sus piernas descarnadas en el vacío, y luego, sin un grito, desaparecer en el abismo. Algunos segundos después, el ruido sordo, lejano, casi imperceptible, brotó de la hambrienta boca del pozo de la cual se escapaban bocanadas de tenues vapores: era el aliento del monstruo ahíto de sangre en el fondo de su cubil.

viernes, 27 de agosto de 2010

miércoles, 28 de julio de 2010

Poema de Miguel Arteche.



El que durmiendo allí está
yo sólo sé que es mi hijo.
Pasa el tiempo: pasará
cuando yo sea su niño.

Entonces me ha de mirar
como yo ahora lo miro:
Porque él estará despierto.
Yo: dormido.

Navega, hijo, navega
hacia el pasado. Te sigo
sin saber si llegarás
por no sé cuántos caminos.

Los dos hacia allá, los dos,
de donde los dos vinimos,
tanteando paredes solas
hasta dos vientres distintos,

por no sé cuántos desiertos,
cuántas islas, cuánto abismo,
hasta encontrarnos aquí.
Tú en la orilla, yo en el río.

¿Le parece conocido el contenido? Adivine quien es el padre...

GOEBBEL Y LA MANIPULACION DE MASAS.
Síntesis artículo http://bit.ly/bZvxLc

1. Principio de simplificación y del enemigo único: Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
2. Principio del método de contagio: Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en una sola unidad.
3. Principio de la transposición: Cargar sobre el adversario los errores o defectos propios, respondiendo el ataque con el ataque. "Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan".
4. Principio de la exageración y desfiguración: Convertir cualquier anécdota, por pequeña y banal que sea, en un hecho relevante y fundamental del que depende la supervivencia de la sociedad o las personas.
5. Principio de la vulgarización: "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, la masa tiene gran facilidad para olvidar".
6. Principio de orquestación: "La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas". De aquí viene también las famosas frases: "Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad" y "Miente , miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá".
7. Principio de renovación: Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
8. Principio de la verosimilitud: Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias. "Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil".
9. Principio de la silenciación: Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de los medios de comunicación afines.
10. Principio de la transfusión: Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas y en las emociones básicas de las personas.
11. Principio de la unanimidad: Llegar a convencer a muchas personas de que piensan "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad.

jueves, 24 de junio de 2010

COMPETENCIA EN EDUCACION ES UNA LOCURA DE LA DERECHA.



24 de Junio de 2010
DIARIO ELECTRÓNICO EL MOSTRADOR

Martín Carnoy, experto de Stanford de visita en Chile
“La competencia en educación es una locura de la derecha”

Compañero de varios golden boys en la Escuela de Economía de Chicago -como Rolf Lüders y Ernesto Fontaine-, es una autoridad internacional en educación comparada. Y afirma que “si Chile no hubiera cometido el error de crear el sistema de voucher en la época de la dictadura y en vez de ello se hubiese preocupado de la formación de buenos profesores, hoy el país tendría la mejor educación del mundo”.

La posibilidad de dejarse llevar por los prejuicios era alta. Invitado por la Pontificia Universidad Católica. Alojando en un hotel cinco estrellas del Barrio el Golf. Alumno de doctorado en economía de Milton Friedman, Schultz y Arnold Harberger en la mismísima Escuela de Chicago. Compañero de curso de Ernesto Fontaine, Sergio de Castro, Rolf Lüders y Carlos Massad en la época de formación de nuestros “Golden Chicago Boys”: economistas –al decir de ellos mismos- que han aplicado los sanos principios de la buena economía (aquella que responde a la naturaleza humana) en nuestro Chile desde que Pinochet fue Pinochet.

Sin embargo, la conversación que sostuvimos por más de una hora con Martín Carnoy, superó con creces cualquier prejuicio. No se trata precisamente de un “outsider”, un aparecido o un rebelde. Martín Carnoy es actualmente profesor de la Escuela de Educación de la Universidad de Standford. Ha trabajado en los organismos internacionales más importantes realizando estudios sobre la realidad educativa de diversos países. Actualmente está trabajando en Sudáfrica, tratando de descubrir factores relevantes para diagnosticar su nivel educacional. El año 2003 fue jefe del equipo de la OCDE que revisó y evaluó las políticas educativas en Chile, aunque -precisa- conoce a Chile desde hace tiempo: vino varias veces antes de la dictadura y varias después, nunca durante. Ha escrito innumerables papers, algunos de ellos –junto a Patrick McEwan- muy relevantes para comprender nuestra realidad educativa. Hoy está en Chile para presentar su último libro editado por el Fondo de Cultura Económica, titulado “La ventaja académica de Cuba ¿Por qué los estudiantes cubanos rinden más?”.

Humilde en su forma de ser y racional –apegado a las evidencias- en todos sus argumentos. En el lanzamiento de su libro, la sala Matte del Centro de Extensión de la UC no dio abasto. Martín Carnoy un verdadero rock star de los estudios de educación comparada. Un troyano en el sistema de mercado y de la productividad educacional. Un Chicago Boy verdadera y auténticamente díscolo.
La locura de la derecha

Nos dice rotundo, como rotundas son las evidencias, que allá o acá, en USA o en Chile, “¡la idea de crear competición entre escuelas es muy tonta!” Insiste en que “Chile es un chiste”, tan famoso en el mundo por tener un Estado ordenado y tan mal y despreocupadamente que gestiona la educación pública. Se lamenta de nuestra necedad para aplicar las correctas políticas de educación que harían cambiar el sistema. “Si Chile no hubiera cometido el error de crear el sistema de voucher en la época de la dictadura y en vez de ello se hubiese preocupado de la formación de buenos profesores, Chile hoy tendría la mejor educación del mundo”. El punto es que la ideología de la derecha es ciega al sentido común. Para Martín Carnoy el curriculum, la formación de profesores, la gestión de los directores no deben estar entregadas al mercado. Y no por comunismo o fascismo es que se debe de centralizar todos estos procesos, es simplemente porque la evidencia lo demuestra: “En Cuba está centralizado y en Finlandia también, y funciona muy bien en ambos países”. Lo central es el imperativo moral -insiste- de resguardar, para los niños, una educación de calidad. El resto es ideología.

“Si quieres mejorar la educación tienes que mejorar la formación de profesores y la formación de directores de escuelas: este es el secreto”.

Le preguntamos por los semáforos de Lavín, por los liceos de excelencia, por premiar a los mejores liceos en el SIMCE, por entregar toda la información a las familias para que decidan mejor, por la prueba INICIA. Se indigna. “Es como subvencionar al Real Madrid y al Barcelona. Para qué. Así siempre va a haber una liga primero, otra segunda y otra tercera; los demás no podrán nunca ascender, y además tendrán que jugar siempre con los que quedan, pues la liga premier se llevará siempre a los mejores profesores. Es un sistema que crea más exclusión. Van a crear simplemente más desigualdad. ¿Cómo puedes crear la competición sin un zero sume game? Simplemente el actual gobierno tiene una mala idea e insiste en esa mala idea. Los datos en todas partes del mundo muestran que todo lo que ellos hacen no es la solución: hay al menos 30 estudios que muestran que eso no es la solución, pero ideológicamente ellos no pueden hacer otra cosa, es lo mismo que hacen con la salud; la derecha simplemente no quiere admitir que un sistema privado no funciona. Chile, por más de 30 años, ha evitado la solución”.

Es categórico: “Todo el sistema escolar chileno es de baja calidad. Si tomamos las mejores escuelas chilenas y las comparamos con sus similares en el mundo, están simplemente en el promedio. Es como cuando alguien juega fútbol en su país sin ver por televisión otras ligas del mundo y cree que porque es el mejor en su medio local, podría tener el mismo rendimiento en otros países. El sistema privado no funciona para los más ricos tampoco y las cifras lo demuestran claramente… la idea de crear competición es una locura de la derecha”.
El “secreto” de la calidad

“La idea de crear instituciones de elite no es el secreto, si quieres mejorar la educación tienes que mejorar la formación de profesores y la formación de directores de escuelas: este es el secreto”. Una idea -un poco riéndose de Joaquín Lavín pues sabe que no lo hará y conoce de su idea como alcalde de Santiago de importar médicos cubanos- es la de importar de Cuba cinco mil profesores para enseñar a los profesores chilenos cómo enseñar, guiar, orientar, y discutir las didácticas y metodologías. “Si puedes simular a los buenos profesores, no importa como lo hagas, puedes crear o re-crear esas mismas condiciones acá en Chile.” Sin embargo, es muy escéptico: “Ni en el 2050 habrán hecho lo obvio para mejorar el sistema. ¿Por qué? Simplemente por ideología.”

Ciertamente la desigualdad de base social se replica en la escuela. Pero, la forma más fácil de cambiar esa desigualdad es por medidas financieras y fiscales. Es muy difícil cambiar esa desigualdad por medio de la escuela y las cifras –nos lo repite- son muy claras en este caso. Pero esta imposibilidad no tiene nada que ver con creer que no se puede mejorar la calidad y el rendimiento de los estudiantes.

El Estado Chileno debe mejorar la capacidad del sistema (sus profesores) y no significa que no haya buena capacidad, pero va a las mejores escuelas y todo el resto, la de regular y mala calidad, va al resto de las escuelas. Se debe mejorar la calidad de la capacidad de todo el sistema, en todos los niveles, “pero no es que los profesores chilenos sean tontos, no se les debe echar a ellos la culpa, la culpa es de las facultades pedagógicas que también están entregadas al sistema de libre mercado. En Chile el sistema no les enseña a los profesores –vuelve con la analogía fútbol, sea porque en su juventud fue entrenador, sea por el Mundial- a jugar bien”.

De algo si culpa socarronamente a los profesores en Chile. Los profesores cubanos que tienen la mejor formación de matemáticas en las universidades y que enseñan mejor matemáticas en las escuelas, usan lápiz y papel en la sala de clases. Hacen muchos ejercicios. Pero además, muy importante, discuten con los estudiantes los errores. “En Chile no se discute el error. En Cuba sí”.

--

lunes, 24 de mayo de 2010

GOEBBELS Y LA INFORMACION EN NUESTROS DÍAS.



INFORMACION Y MANIPULACION DE MASAS

Excelente artículo muy atingente en este momento.

REVISTA DE PSICOLOGIA Y HUMANIDADES


A priori, podría parecer injustificado y carente de interés hablar del que fuera ministro de propaganda del Tercer Reich Joseph Goebbels, ya que es un tema perteneciente a un pasado del cual nos alejan cada vez más los vertiginosos y complejos acontecimientos del presente. Esta distancia, sin embargo, es sólo aparente y superficial, pues en el fondo, todo proceso histórico está determinado por similares intereses y conflictos. Es importante descubrir estas similitudes a fin de evitar cometer hoy iguales errores que en el pasado. En un momento en el que la información juega un papel de primera magnitud y es capaz de determinar el contenido y el rumbo de la política a todos los niveles, es fundamental conocer cuán peligrosa puede resultar la manipulación de esta información por parte de quienes distorsionan la realidad para ampliar su poder e incrementar sus beneficios.

Joseph Goebbels nació el 29 de octubre de 1887 en el seno de una familia católica acomodada, destacó desde niño por su brillante inteligencia, acabó el bachillerato con las mejores notas de su promoción y estudió Filosofía, Literatura, Historia, Arte y Lenguas Clásicas en ocho universidades: Bonn, Friburgo, Würzburgo, Colonia, Fráncfort, Múnich, Berlín y Heidelberg, institución esta última en la que obtuvo el Doctorado en 1921.

En 1922 se unió al Partido Nazi y en 1926, gracias a sus dotes de orador, fue nombrado Gauleiter de Berlín, ciudad a la que se trasladó para reorganizar el partido por orden de Hitler. En 1930 éste lo nombró jefe de propaganda del NSDAP, y cuando tres años después el führer asumió el gobierno, Goebbels fue designado ministro de propaganda e ilustración popular.

Desde su Ministerio controló la prensa, la radio, la actividad literaria, las manifestaciones artísticas, el teatro y el cine, y diseñó y puso en práctica una compleja y eficiente estructura y estrategia propagandísticas que se erigieron en pilares fundamentales de la ideología nazi y del régimen. La capacidad y talento de Goebbels para la retórica y la oratoria, que alcanzaron gran ascendiente sobre las masas, lo convirtieron de hecho en la cara visible y en portavoz del nazismo.

Los discursos que Goebbels pronunciaba por sí mismo o escribía para Hitler, contribuyeron a la idealización y divinización del dictador y del régimen. Goebbels fue uno de los personajes con mayor poder en el régimen nazi y gracias a su privilegiada posición en los más altos estamentos, obtuvo beneficios personales en todos los aspectos.

De no ser por su relación con el nazismo, la biografía de Goebbels podría ser la de cualquier persona con una trayectoria personal y profesional de éxito. Precisamente este es el peligroso engaño al que induce el psicópata, ya que se trata de un individuo mentiroso y manipulador, que simula hallarse integrado en su medio social y que parece establecer buenas relaciones con los demás. Incluso en los casos de mayor gravedad del trastorno, la persona que lo padece puede desarrollar con normalidad sus actividades en todos los ámbitos de la vida. Estas características hacen que el trastorno sea difícil de detectar, y que sólo se conozca a través de las consecuencias de los actos, cuando éstos son descubiertos o alcanzan notoria trascendencia.

La notoriedad y la trascendencia de los actos de Goebbels son por todos conocidas y nos permiten aventurar la hipótesis de que el dirigente nazi tenía una personalidad psicopática. De ahí que haya servido, al igual que otros jerarcas del régimen, como instrumento ideológico y político de los poderosos intereses económicos que se beneficiaron del nazismo y de la guerra. A nadie escapa que estos intereses utilizaron todas sus influencias y movieron todas sus piezas para auspiciar el advenimiento del nacionalsocialismo, lo auparon en el poder, lo sostuvieron y provocaron una guerra mundial cuyas consecuencias fueron terribles desde todo punto de vista, excepto, obviamente, para quienes lucraron con la tragedia.

Esto no es historia pasada. Hoy, similares intereses económicos y especulativos necesitan parecidas justificaciones ideológicas para imponer sus políticas a través de personas iguales a Goebbels. Las circunstancias se repiten en distintos escenarios y con diferentes características, pero en el fondo, es la codicia de unos pocos la que determina las grandes catástrofes de la historia.

La crisis económica mundial ha puesto de rigurosa actualidad la imposición de este tipo de políticas, unas políticas neoliberales que más exactamente deberían llamarse genocidas, ya que no sólo recortan los derechos de los trabajadores, aniquilan el Estado del bienestar y pauperizan a la población mundial, sino que abren las puertas a peligrosos conflictos internacionales derivados de la geopolítica de la dominación y del control estratégico de los recursos naturales. Se trata de la obtención de beneficios económicos a cualquier precio, sin reparar en los medios para conseguirlos ni en las consecuencias.

Políticas de esta índole sólo pueden ser ideadas y llevadas a la práctica por individuos con personalidad psicopática, ya que poseen un pensamiento único, egocéntrico, pragmático y rígido, son insensibles emocionalmente y muestran total indiferencia por los sentimientos, pensamientos, necesidades y padecimientos de los demás.

Pero si hay algo que facilita y hace posible la acción de esta clase de personas, esto es sin duda la propaganda, que corrompe conciencias y mina voluntades. Joseph Goebbels fue un precursor y un maestro en este ámbito, ya que ideó y puso en práctica una acabada estrategia propagandística destinada a manipular la información, distorsionar la realidad y engañar a las masas.

Los discípulos de Goebbels se cuentan hoy en día por miles en los medios de comunicación, los organismos internacionales, los partidos políticos, las organizaciones empresariales y un amplio etcétera. Los principios propagandísticos postulados por el dirigente nazi son utilizados en la actualidad cotidianamente y de forma descarada y perversa para crear estados de opinión, ocultar y/o distorsionar la realidad y/o construir realidades a la medida de los intereses de los cuales dichos discípulos son cómplices conscientes y voluntarios.

Basta con echar una mirada atenta a los comportamientos de estos "cómplices" y a las declaraciones, discursos e informaciones que éstos difunden a través de los canales que cuentan con el visto bueno del sistema, para comprobar sin demasiado esfuerzo o imaginación que se cumplen escrupulosamente alguno o la totalidad de los principios propagandísticos fundamentales establecidos por Goebbels.

Como colofón de este editorial, ofrecemos los citados principios al lector interesado en ejercitarse en la detección de la manipulación y del constante bombardeo de falsedades de que somos objeto.

1. Principio de simplificación y del enemigo único: Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
2. Principio del método de contagio: Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en una sola unidad.
3. Principio de la transposición: Cargar sobre el adversario los errores o defectos propios, respondiendo el ataque con el ataque. "Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan".
4. Principio de la exageración y desfiguración: Convertir cualquier anécdota, por pequeña y banal que sea, en un hecho relevante y fundamental del que depende la supervivencia de la sociedad o las personas.
5. Principio de la vulgarización: "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, la masa tiene gran facilidad para olvidar".
6. Principio de orquestación: "La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas". De aquí viene también las famosas frases: "Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad" y "Miente , miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá".
7. Principio de renovación: Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
8. Principio de la verosimilitud: Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias. "Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil".
9. Principio de la silenciación: Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de los medios de comunicación afines.
10. Principio de la transfusión: Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas y en las emociones básicas de las personas.
11. Principio de la unanimidad: Llegar a convencer a muchas personas de que piensan "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad.

Marzo 2010

miércoles, 10 de marzo de 2010

El terremoto y el desafío de otro Chile, ARIEL DORFMAN




Fue hace casi 50 años atrás cuando me tocó mi primer terremoto, el
que todavía me causa pesadillas.

Me encontraba, ese 22 de mayo de 1960, presenciando un partido de
fútbol en el Estadio Nacional en Santiago de Chile cuando se oyó un
ruido ensordecedor y, de pronto, así como así, desaparecieron las
montañas. No exagero: el estadio comenzó a mecerse como si fuera una
cuna y se levantó un extremo en el aire, borrando de mis ojos la
cordillera de los Andes. Por suerte, en unos segundos volvieron a
aparecer las montañas y las graderías recobraron alguna mínima
estabilidad. En la cancha algunos jugadores socarrones siguieron
tratando de darle a la pelota y meter un gol avieso, pero ellos
rebotaban más que el balón, así que el árbitro, de bruces en el suelo,
dio por finalizado el encuentro deportivo. Era que no: acabábamos de
pasar por una actividad sísmica de 9.6 en la escala de Richter, la de
mayor magnitud registrada hasta ese instante por los sismógrafos.



No tardamos en saber que el epicentro había sido unos seiscientos
y tantos kilómetros al sur de Santiago y que la devastación era
masiva. Tal vez peor que la convulsión de la tierra misma, que había
arrasado con pueblos enteros, inmolando a miles de inocentes, fue la
marejada que barrió nuestra costa. Viajé a esa región unos meses
después y vi con mis propios ojos los mástiles de navíos hundidos en
el río Valdivia a una larga distancia del mar y los restos de los
colosales altos hornos de Corral que, en vez de fundir metales ahora
mostraban sus torsos agobiados por las aguas invasoras. Y supe también
del sufrimiento y el terror. De boca de los sobrevivientes, escuché de
hombres, mujeres, pequeños que, huyendo hacia los cerros, habían sido
succionados por el tsunami mar adentro como si fuesen retazos de
madera.



Todo esto lo recuerdo ahora, décadas más tarde, mientras miro,
esta vez desde lejos, esta vez desde la seguridad de mi hogar en
Estados Unidos, otro terremoto voraz que ha querido desbaratar mi
país. Recuerdo lo que siempre hemos llamado el gran terremoto de 1960
como una manera de ofrecerme alguna perspectiva histórica sobre este
último y nuevo seísmo, a ver si esto me ayuda a descubrir algún
posible sentido a lo que nos acaba de ocurrir.



Es obsceno comparar cataclismos como si fueran competidores en un
concurso de horrores -éste costó tantos billones, estotro tantas
vidas- y, sin embargo, es posible que medir lo que ha cambiado en
Chile durante el medio siglo que transcurre entre estos dos desastres
mayores pueda contribuir a responder la pregunta más urgente del
momento: ¿y ahora, qué va a pasar? Chile es hoy un país
significativamente más próspero de lo que era hace 50 años. Su
economía se considera la más dinámica y avanzada de América Latina, si
bien sigue afligida por una desigualdad en la distribución del ingreso
que es tan abismal como vergonzante. Esta relativa afluencia de Chile
(con un PIB per cápita casi 15 veces más que en 1960) nos deja mejor
equipados para enfrentar la catástrofe actual, ya que tenemos recursos
humanos y científicos que no podríamos ni haber soñado antaño, hasta
el punto de que nuestra maravillosa presidenta saliente, Michelle
Bachelet, inicialmente informó a la comunidad internacional que el
país no iba a requerir asistencia extranjera (una posición que llegó a
modificar, de manera que ya está empezando a llegar ayuda desde
afuera). Paradójicamente, tales avances de Chile en su tecnología, su
abundancia de bienes materiales, sus múltiples pasos a nivel, su
enorme flota de aviones y autos, su plenitud de altos edificios, deja
al país y a sus ciudadanos extrañamente vulnerables y hasta
desamparados. Mientras más carreteras se tiene, más fracturas puede
sufrir el pavimento.



Y esta riqueza, por lo demás, no se ha acumulado sin severas
consecuencias sociales y hasta morales. En 1960, una nación
desmembrada logró aunarse para emprender juntos la tarea de la
restauración. Yo me pasé las semanas después del terremoto ayudando a
recoger dinero, víveres, frazadas, colchones, que fueron enviados al
sur con caravanas de entusiastas estudiantes y voluntarios (entre
ellos iba mi futura esposa, Angélica, que se pasó un mes
reconstruyendo viviendas en el pueblo de Nacimiento). Fue una lección
de solidaridad que nunca he olvidado: aquellos que menos poseían
fueron los que más dieron, más se preocuparon, más se sacrificaron por
sus compatriotas malheridos. Si Chile hoy es más opulento, también se
ha vuelto una sociedad más egocéntrica e individualista donde, en vez
de una visión de justicia social para todos, la ciudadanía se dedica,
en su mayoría, a consumir en forma desenfrenada, lo que acarrea, por
lo demás, un estrés y deterioro psíquico considerable en la población.



Como todo infortunio descomunal, la tragedia reciente de Chile
puede entenderse como una prueba, una oportunidad para preguntarnos
quiénes somos de verdad, lo que de veras importa en cuanto vayamos
llevando a cabo la reparación, no sólo de nuestros hospitales
derribados y autorrutas cortadas y huesos molidos, sino también de
nuestra precaria identidad.



Creo que las fuentes más profundas de solidaridad que presencié
durante el terremoto de 1960 todavía se encuentran fluyendo adentro de
la amplia mayoría de los chilenos, y han de constituir el semillero
desde el cual van a brotar los esfuerzos más duraderos y relevantes
para levantar a nuestro país de su actual desolación, el motivo por el
cual habremos tal vez de prevalecer una vez más, como en tantas
contingencias pasadas, contra las fuerzas ciegas y roncas de la
naturaleza.



Hace 50 años atrás, el pueblo de Chile halló un modo de sobrevivir
a la muerte y al quebranto, y tengo la esperanza de que en esta
ocasión triste también podremos, con dolor y con duelo y hasta, sí,
con alegría, volver a llevar a cabo de nuevo aquella hazaña que nos
necesita a todos.

viernes, 5 de marzo de 2010

Declaración Pública Terremoto de Constitución 2010.




SOCIEDAD GEOLÓGICA DE CHILE.



La Sociedad Geológica de Chile, ante la situación generada por el terremoto y tsunami del sábado 27 de febrero 2010, declara lo siguiente:



(1) Lamentamos profundamente la pérdida de vidas humanas y los cuantiosos daños materiales producidos, los cuales afectaron a un sector importante de la población urbana y rural de la región centro-sur del país. Ante esta catástrofe, ponemos a disposición de instituciones públicas y privadas del país el conocimiento de nuestros asociados en los aspectos científicos y profesionales envueltos en la reparación de los daños y la prevención de eventuales nuevas situaciones de emergencia.



(2) Como especialistas en Ciencias de la Tierra, y conocedores de los procesos tectónicos asociados a terremotos y tsunamis, podemos asegurar que este gran terremoto (Mw=8,8) ha permitido liberar la mayor parte de la energía acumulada en este extenso segmento de la costa chilena. Por consiguiente, la ocurrencia de un evento sísmico de similares características en esa misma zona, es altamente improbable durante las próximas décadas.



(3) No obstante lo anterior, estimamos que en la zona del terremoto ocurrirán numerosas réplicas durante los próximos meses, las cuales irán decreciendo en magnitud y en frecuencia en el tiempo. Algunas de éstas podrían alcanzar magnitudes importantes, incluso superiores a 7, aunque en ningún caso similares al terremoto principal. Debido a ello, es necesario que autoridades y ciudadanía estén preparados para enfrentar problemas tales como el potencial colapso de infraestructura dañada o deslizamientos de terreno en zonas debilitadas.



(4) En los últimos años ha existido una creciente preocupación de las autoridades por dotar al país de una infraestructura apropiada para el monitoreo de volcanes, terremotos y riesgos asociados en el territorio nacional. El avance del conocimiento científico permite determinar las áreas del territorio más expuestas a estos fenómenos naturales e incluso estimar la magnitud de los sismos esperados. A pesar de ello, consideramos que tanto la comunidad científica como las autoridades deben hacer mayores esfuerzos en utilizar/transformar el conocimiento científico de base en la formulación de políticas públicas sólidas y oportunas. Como Sociedad Geológica de Chile nos ofrecemos para cooperar en esta importante tarea nacional.



(5) La mejor forma de estar informados y comprender los fenómenos naturales es la educación de base de toda la población nacional. Insistimos entonces en la urgente necesidad de incluir una asignatura de Geociencias en el currículo escolar, con especial énfasis en temas vinculados a los peligros geológicos.



(6) La devastación provocada por este terremoto, sumada a los efectos de otros fenómenos naturales recientes tales como el terremoto y tsunami de Aysén en 2007 y la erupción del volcán Chaitén en 2008, ha demostrado la necesidad de una mejor coordinación entre las autoridades, las dispersas agencias del estado, y la comunidad científica. Al respecto proponemos constituir una agencia nacional dependiente el Ministerio del Interior que convoque, en una instancia única a científicos, profesionales y técnicos con la capacidad de generar, comprender, interpretar y divulgar el conocimiento de base que permita, en conjunto con la autoridad, elaborar políticas públicas de largo plazo y los planes de contingencia correspondientes.





Sociedad Geológica de Chile



Colegio de Geólogos de Chile







Mayor información en www.sociedadgeologica.cl

jueves, 25 de febrero de 2010

Cuando Sobran los jóvenes. GABRIELA WARKENTIN 25/02/2010



TRIBUNA: GABRIELA WARKENTIN. Diario El País.




Directora del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México; Defensora del Televidente de Canal 22; conductora de radio y TV; articulista

"Decidió un día no crecer, y no le importó. O más bien decidió no crecer porque comenzó a importarle. A veces, ante la contundencia de la realidad sólo queda convertirse en escarabajo o aferrarse a un tambor de hojalata. Fueron las ficciones de Kafka y Grass en su momento; ahora nos toca construir las propias".


La provocación la lanzó el periodista Salvador Camarena en una columna de la semana pasada. Al revisar la situación de los millones de jóvenes que hoy en día ni estudian ni trabajan (la ya famosa generación de los ni-ni, como fue calificada hace años en España y otros países que reconocen el limbo simbólico y productivo en que están atorados estos muchachos), Camarena afirma que lo que parece estar sucediendo es que sobran jóvenes (todos esos que no encuentran ubicación productiva) o "sobramos los adultos que no hemos sido capaces de construir nuevas escaleras"; escaleras, sí, para que los que nos sucedan, avancen y transformen positivamente su entorno, su sociedad, sus perspectivas y, en el fondo, sus vidas. La pregunta que lanza Camarena no es inútil; porque si reconocemos que "nos sobran jóvenes", debemos asumir el fracaso rotundo del proyecto social al que hemos apostado.

La manifestación más evidente de esta problemática es, sin duda, la de los millones de jóvenes, en México y allende, que no encuentran lugar en la educación formal (en sus diferentes niveles) y que tampoco tienen opciones laborales en un mercado retraído y transformado. Pero no se trata sólo de la falta de oportunidades, ésas tendrían solución. Lo más grave es la falta de sentido: cuando estudiar no tiene sentido, cuando esforzarse por un empleo formal no tiene sentido, y cuando el horizonte mismo dejó de tener sentido. Agreguemos un ni a los dos ya mencionados: la generación ni-ni-ni, o ni3, la que ni trabaja, ni estudia, ni le encuentra sentido. Esa pareciera ser la verdadera tragedia en que nos estamos sumiendo, porque cuando los que tradicionalmente han sido los encargados de refrescar y transformar su entorno -los jóvenes, los que vienen, los que toman la estafeta- no encuentran sentido más allá de la supervivencia, algo pudimos haber perdido de manera irremediable.

Unas palabras de Carlos Fuentes de hace unos días acompañan esta reflexión. En una conferencia, en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, en la que compartió apuntes sobre el futuro de la educación superior, Fuentes reparó en la necesidad de revisar el camino que va a tomar la Humanidad en el Siglo XXI, de reconsiderar la ruta que emprendemos. Y fue categórico, como lo ha sido siempre, al insistir en que nuestra Historia no ha terminado. Las dinámicas de la época en que vivimos y de las que se perfilan, nos obligarían a insistir, decía Fuentes y coincido, en la necesidad del continuo educativo, de reconocer que la educación nunca concluye. Habríamos, en este tenor, de retomar las Humanidades para redimensionar la dinámica global del conocimiento, para ser capaces de educarnos en la diversidad y para delinear nuestro bien más escaso: el porvenir. Pero, ¡alerta!, cuando hemos orillado a los reales y deseables sujetos de la educación y los hemos colocado frente a un mundo que no sienten suyo, resulta ocioso insistir siquiera en la pertinencia de este continuo educativo.

Oskar Matzerath decide no crecer. Punto. Consciente de lo que pasa, lo que fue, lo que podría llegar, se aferra a su cuerpo de niño y a un tambor de hojalata, rojo y blanco. Ruido, ruido, ruido. Le provoca hacer ruido, o su particular música metálica, para evadir, entender, recordar y narrar. Desde las dimensiones inferiores de la escala humana lo ve todo, el autoritarismo que se infiltra en esa Europa, la descomposición de individuos, familias y sociedades. En fin, lo que ya sabemos. Günter Grass en su novela, Volker Schlöndorff en su película: ese Oskar, eterno niño-adulto por decisión propia. Porque hay veces que el sinsentido termina siendo sólo absurdo.

A todos nos toca nuestra parte en esta tragedia de los "jóvenes que sobran". Ya reconocimos que la educación, por muy continua que la hagamos, dejó hace mucho de ser un mecanismo de ascenso social. Por lo tanto, no se trata sólo de tener más espacio para que todos puedan estudiar, sino de revisar lo que estamos estudiando y cómo. Ya reconocimos la transformación esencial de instituciones, como la familia, que ha modificado también el sentido de futuro, de esperanza, hasta de nación. Vaya, que tenemos bastante diagnosticado el embrollo. Lo que nos toca insistir es en que la solución no es sólo técnica. Lo que más hace falta es que seamos capaces de inventarnos una historia para que incluso estas soluciones técnicas tengan sentido. De diseñar nuestras ficciones, de construir otras escaleras. En palabras de Fuentes, urge que revisemos el camino que la Humanidad va a tomar en este Siglo XXI que se nos está acortando. Porque como bien nos recordaba Camarena, esos jóvenes que sobran son presa obvia y fácil para las historias que sí están ganando: las del crimen organizado, las de la informalidad inmediata, las de...

¿Será que un día nos daremos cuenta que otra vez permitimos que los que nacen decidan no crecer, y que ya no les importe? Ahí estarán, pedirán su propio tambor de hojalata y a golpe de un ratatatatata continuo y penetrante evidenciarán lo que dejamos de hacer, ratatatatatata. En fin. Son imágenes que llegan desde el XX e interpelan al XXI, siglo que debemos forzarnos a revisar antes de que decida terminar.

viernes, 5 de febrero de 2010

¿LO TIRO O LO GUARDO? Eduardo Galeano.




Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los críos. Los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales).

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!

Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.

¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida. ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza. Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.

¡Nos están fastidiando!¡¡Yo los descubrí. Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?

Todo se tira, todo se desecha y mientras tanto producimos más y más basura. El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de........... años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon. La goma solo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban.

De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el "guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo" pasarse al "compre y tire que ya se viene el modelo nuevo".

Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo)

Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos. ¡¡Como guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!!

¡Guardábamos las chapitas de los refrescos! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.

Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver!!. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía "este es un 4 de bastos". Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden "matarlos" apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada. Ni a Walt Disney. Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: "Cómase el helado y después tire la copita", nosotros dijimos que sí, pero, ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.

Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos.
Ah¡ No lo voy a hacer!

Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.

Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer.

No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.

Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la bruja me gane de mano y sea yo el entregado.
Hasta aquí

Eduardo Galeano

Escritor uruguayo
Nació el 3 de septiembre de 1940 en Montevideo. Se inició en el periodismo publicando dibujos y caricaturas políticas con el seudónimo de Gius en el semanario El Sol. Trabajó como mensajero, peón, cobrador, taquígrafo y cajero de banco. Fué redactor jefe (1960-1964) del semanario "Marcha y director del diario Época. En el año 1973 cuando el presidente Bordaberry cedió parte del poder político a las Fuerzas Armadas, se exilió en la Argentina, donde dirigió la revista Crisis. En 1976 se traslada a España y regresa a su país en 1985, cuando Julio María Sanguinetti asume la presidencia. Entre sus libros se destacan: Los días siguientes (1963), Las venas abiertas de América Latina (1971), Días y noches de amor y de guerra (1978), Las caras y las máscaras (1984) y Memorias del fuego (1986). Ha recibido el premio "Casa de las Américas" en 1975 y 1978, y el premio "Aloa" de los editores daneses en 1993. La trilogía "Memoria del fuego" recibió el American Book Award (Washington University, USA) en 1998. En 1999, fue el primer escritor galardonado por la Fundación Lannan (Santa Fe, USA) con el premio a la libertad cultural.

jueves, 4 de febrero de 2010

/Users/ximenaguiraldes/Desktop/la muñeca.dot

viernes, 15 de enero de 2010


Asunto: LA FIESTA DE SEBASTIÀN PIÑERA: FIESTA PRESIDENCIAL









ESTE VIERNES 15 DE ENERO ES LA FIESTA PRESIDENCIAL, JUNTO A LA PRENSA Y MÀS DE 40 ROSTROS DE TELEVISIÒN:



ESTA FIESTA SE REALIZARÀ DE 9 PM 12 AM EN EL CONOCIDO LOCAL "TUTIX" DE VIÑA DEL MAR, CON ESPACIOS RESERVADOS DE ESTACIONAMIENTO PARA TODOS NUESTROS INVITADOS ESPECIALES. A LAS 12 AM, PARTIREMOS EN CARAVANA A "SCRATCH CLUB DE VIÑA", PARA DISFRUTAR DE UNA EXCLUSIVA FIESTA QUE SERÀ CUVIERTA POR PRENSA FESTIVAL DE VIÑA Y CONTARÀ CON SHOWS ARTISTICOS, BAR ABIERTO DE TODOS LOS TRAGOS MAS BAR ABIERTO DE TRAGOS GRANIZADOS FROZEN TIPO IBIZA PARTY, DESFILE DE MODA Y COCTAILS (TAMBIÈN TENDRREMOS ESTACIONAMIENTOS RESERVADOS Y ENTRADA POSTERIOR - DIRECTA AL VIP PARA LA MAYOR TRANQUILIDAD DE NUESTROS INVITDOS ESPECIALES).



- Tendremos bar abierto de Granizados con alcohol y 3 sabores diferentes de fruta toda la noche.

- Contaremos con la animación de Miguel “Negro Piñera”.

- Contaremos con un Coctail de lujo para nuestros invitados especiales.

- Contaremos con un mínimo de 2 artistas que realizaran su performance, “Djs ESPECIALMENTE INVITADOS” de Estocolmo, Suecia.

- Mas de 40 rostros de televisión figuras de los canales 7, 13 y 11, etc.



contacto 083990856

viernes, 8 de enero de 2010

La última entrevista de Alfonso Calderón: "Espero que Piñera no llegue al poder


“Espero que Piñera no llegue al poder”: LA ÚLTIMA ENTREVISTA AL ESCRITOR ALFONSO CALDERÓN (1930-2009)

Por Vicente Undurraga – Foto: Alejandro Olivares

El pasado sábado 8 de agosto, víctima de un infarto fulminante, murió el editor, investigador y polígrafo Alfonso Calderón (1930), Premio Nacional de Literatura 1998. Autor de importantes antologías y memoriales, a Calderón se le debe el rescate de la obra de varios escritores nacionales de primera categoría, como Joaquín Edwards Bello y Martín Cerda. En octubre de 2008, cuando publicó un libro sobre Eduardo “Chico” Molina -el escritor fantasma de la literatura chilena- The Clinic le hizo la que sería la última entrevista a fondo de su vida. De fútbol y de Bielsa, de la pérdida de la nostalgia, de las teleseries, de la indignación que le producen los especuladores bursátiles tipo Piñera y de la inminencia de la muerte; de todo esto y más trató esta conversación.
_________

“A Limache”, cuenta Calderón, “fui a veranear en febrero de 1936, con mi madre y mis primas, que eran algo menores que ella. Poco antes, en diciembre de 1935, había muerto mi hermana. Pero más que esto, fue el verano en Limache el que me proporcionó una impresión terrible.

¿Qué pasó?

-Mi madre y mis primas me dejaron un día solo en la casa y se fueron a nadar a una poza. A mí no me interesaba nadar, nunca aprendí. Vi entonces que unos hombres estaban persiguiendo a un chancho. Me llamó la atención que estuvieran con unos palos. De repente comenzaron a apalearlo. Yo estaba en una glorieta, como el personaje de un folletín del siglo XIX, una glorieta llena de buganvilias que fue mi refugio tras la muerte de mi hermana. El chancho gritaba y gritaba y estos tipos tenían una artesa llena de agua hirviendo. Asistí al sacrificio de un cerdo, lo que casi era un acto ritual de la Polinesia o de alguna novela de Salgari, a quien yo leería poco tiempo después. Nunca conté en mi casa nada de lo que vi, pero tuve la sensación de que el mundo podía ser horrible. Ese Limache que recuerdo está asociado a la muerte de un animal que no era culpable de nada. Muy impresionante. Pude tener unas vacaciones soñadas, pero no lo fueron por esto.

Esta hermana tuya que murió, ¿era mayor que tú?
-No, menor. Tenía un año y nueve meses y murió de una apendicitis que pasó a peritonitis porque le dieron alguna agüita para aliviarla. Mi madre fue muy fuerte. Yo creo que tuvo problemas con dios a partir de ahí.

En una entrevista hace algunos años dijiste que en tu casa “se sufría para adentro”.
-Así era. Yo estaba sentado junto al ataúd de mi hermana y empezó a molestarme el olor a descomposición de las flores. No sabía qué era. Tenía la confianza de que mi hermanita, que era mi compañera de juegos, fuera un ángel, porque me habían dicho que ella se iba a ir al cielo, precisamente porque era un angelito. No vi llorar nunca a mi mamá. Mi papá me dijo que la procesión siempre va por dentro. Nunca lo vi quejarse, lamentarse. Sólo me acuerdo haberle visto un llanto muy rápido cuando murió mi abuela. Exteriorizar los sentimientos no se podía, no era urbano. El manual de urbanidad llamaba a reprimirse.

¿Y eso que tu madre era italiana?
-Sí, los italianos son gritones, llorones. No sé por qué mi mamá y mi padre eran así. Trataban de que los niños no se enteraran de que existía el sufrimiento. Pero yo ya había pasado por la experiencia de la matanza del cerdo. Es difícil de entender esa costumbre familiar. Me acostumbré a vivir para adentro, ocultando mis dolores. Poco tiempo después el fútbol me dio la oportunidad de salir de mí mismo.

BIELSA SÍ, ALEXIS NO

¿Por qué el fútbol?
-Con el fútbol yo saqué otra personalidad; del tímido que era, que en la sala de clase no se atrevía a levantar la mano cuando el profesor preguntaba algo y sabía, pasé a ser alguien con seguridad. En el fútbol se gritaba, se mandaba.

¿Eras bueno?
-Mira, profesional no; alcancé a jugar en el Pedagógico. Tenía cierta gracia, hacía jugadas que había aprendido mirando partidos profesionales. Las miraba y las practicaba, a lo Bielsa.

Jugador de laboratorio.
-Exactamente. Yo daba instrucciones para que alguien al marcar a un tipo mirara la pelota nomás, para evitar que lo engañara. Así, retaba al de mi equipo y de pasada injuriaba al otro.

¿Sigues viendo partidos?
-Ya no. No tanto. Ahora veo los mundiales –algunos partidos de los mundiales– y de repente los partidos de Chile, pero me irrito mucho, me enfurezco.

¿Ah sí?
-Me enfurecí viendo el partido contra Ecuador. Dije “esto no puede ser”, parecían un equipo de tercera división. En cambio, cuando vi el partido con Argentina dije “estos son otros hombres”. Me cuesta entender.

¿Pero eres entusiasta de Bielsa?
-Sí. Trajo las tácticas. A ver si logra introducir el profesionalismo. El de Chile en el Sudamericano del 45 es un modelo de organización táctica en el fútbol. En cambio, las fiestas que hace Alexis Sánchez cuando juega –hasta donde yo lo veo– son buenas para él, pero no para el equipo. Siempre hace una jugada de más, y el que hace una jugada de más va perdido en el fútbol… Bielsa tiene además la ventaja de que es serio y no busca la publicidad. No es un espíritu primario sino uno culto, se ve honorable y tiene ascendente sobre los jugadores. Y se atreve, pone a jugar a reservas, juveniles, apuesta.

¡Así que el fútbol te sacó el carácter!
-Me permitió salir de mí mismo. Cuando llegaba a la casa volvía a ser el introvertido, el que leía poemas, el que leía todos los escritores que podía. Yo leía tanto como el Chico Molina. El problema era que él siempre había leído uno o dos más. Y cuando te recomendaba a fulano de tal, e ibas, lo leías y se lo comentabas, entonces te decía que ya no –esa frase: “ya no”–, que ahora era otro al que había que leer.

ACEPTAR A MOLINA

Así con Molina.
-Conmigo era muy cortés; con otros era descalificador, se peleaba. Conmigo nunca. En el fondo yo trataba de proteger a Molina. Puede que nos viéramos cada diez días, pero la verdad es que le tenía una gran simpatía.

¿Tanta?
-Sí; el gran problema de Molina era que te envolvía de tal manera que en un momento tú olvidabas el tiempo y el espacio reales, y por lo tanto “permitías” que él pudiera haber almorzado con Somerset Maugham, asistido a una cena de Proust o conversado con alguien que estaba muerto ya cuando él nació.

¿Había que tenerle paciencia?
-No era que uno dijera “a este mentiroso le voy a dar soga”, sino que sus palabras uno no las encontraba mentiras, sino invenciones, y al aceptarlas como tales podías aceptar a Molina como aceptas que el personaje de “La Cartuja de Parma” de Stendhal pudiera haber visto pasar a Napoleón al lado suyo en pleno campo de batalla. No cabe duda que Stendhal, que decía haber tenido varias conversaciones con Napoleón, no las tuvo nunca. El problema de Molina no era que viviese en un mentidero, sino en un espacio de nostalgia permanente.

“NO TENGO NOSTALGIA”
(VALPARAISO CON CADÁVERES)

-Me gusta escribir sobre el pasado, pero ya no sufro nada. Ya no tengo nostalgia.

¿No?
-No, porque he perdido el dolor. Cuando uno tiene dolor en el presente, naturalmente busca el momento en que pudo tener menos dolor o nada de dolor. Y utópicamente se instala en un tiempo pasado al cual referir. Cuando me dicen “mira Santiago, una ciudad contaminada”. ¿Y cómo era antes? El año 50 leí “Infierno gris”, una novela muy mala de Joaquín Ortega Foch. Ahí un personaje sube el San Cristóbal y mira a Santiago tapado, cubierto por la niebla, por lo irrespirable. ¡Años 50! La felicidad perfecta instalada en el pasado la concebí sólo hasta los 30 años. En el fondo era una nostalgia del hogar. El origen de la palabra nostalgia tiene que ver con dolor. De lo perdido, del pasado, de lo antiguo, nostalgia yo no tengo. No me gustaría vivir de nuevo en Los Ángeles en el año 46 o en Lota en el 39 como viví en esos momentos. Quererlo sería tener una mirada puramente falsa… Para mí fue muy importante descubrir en un momento dado que otras personas miraron esas épocas con otros ojos, distintos a los míos; iban retrocediendo las nostalgias.

¿Cómo?
-Joaquín Edwards Bello, por ejemplo, tenía nostalgia de Inglaterra, de París, de un Valparaíso de infancia. Pero en el mismo momento en que él nace –él mismo lo dice–, viene la salida del tranque de Mena, con muchos muertos en Valparaíso, y después el terremoto del año seis. Edwards Bello dice que caían los muertos del cerro, que de repente alguien encontraba instalado un cadáver en el asiento de su comedor mientras estaba almorzando y parecían todos convidados al banquete de Banquo, en Macbeth. Es evidente que si está contando eso, esa infancia tampoco fue una infancia feliz. Yo creo que no ha habido una época de la humanidad en que la felicidad se haya enseñoreado de verdad, porque las pestes, la mortalidad infantil, la explotación, el dolor… basta leer las novelas de Dickens. Por eso no tengo nostalgia. Yo creo que es un recurso de sanidad mental.

¿Sí?
-Nietzsche dijo una vez que el gran problema del historiador es que de tanto andar hacia adelante y hacia atrás se vuelve cangrejo. Eso aplicado a un escritor o a un ser humano cualquiera significa que no vas a poder vivir el futuro porque no vas a poder avanzar. Ahora, puedes quedar prisionero del presente, pero el presente pasa. La primera vez que tuve conciencia de ello fue cuando Eugenio González, profesor de filosofía, habló en una clase de que el espacio y el tiempo según Kant son formas de intuición. Ahí yo entendí el asunto.

¿Cómo exactamente?
-Existía gente que había sido muy desdichada el año 44, el 45. Y fíjate de lo que tenía nostalgia yo: de la segunda guerra mundial. O sea nostalgia de una carnicería atroz, la mayor desgracia del siglo XX, los campos de concentración, la guerra civil española. Yo no tenía por qué apropiarme de esa infancia y considerarla un período dichoso.

INVERNADERO DE LIBROS

A propósito del pasado, uno de los géneros que más has escrito son las memorias y los diarios.
-Todos cuando escribimos memorias o diarios de alguna manera reelaboramos los hechos. O inventamos: yo creo que hay una actitud molinista general en la literatura. Una invención sobre la cual se reflexiona, o la cual se amplifica, despotenciando lo que pudiera ser negativo para el que narra.

¿Lo pasas bien hoy por hoy?
-Estoy consciente de que me quedan algunos años de vida –no sé cuántos–, que tengo que hacer determinadas cosas, que no lo estoy pasando mal, que estoy más lento probablemente y que tengo un poco más de generosidad por los otros: he dejado de oírme a mí mismo. Sólo ahora que estoy hablando contigo me estoy oyendo. Soy capaz de pensar en otros. Trato de colaborar, de ayudar, de hacer cosas.

Nacido y criado en el sur, ¿te gusta vivir en Santiago?
-Para mí no es, como muchos dicen, una ciudad invivible. Ahora bien, yo paso muchas horas del día en la casa. He instalado una especie de invernadero con plantas vivientes, que son los libros. No salgo sino para llevar a cabo algunas actividades. Leo, leo, leo, escribo, escribo, escribo. El problema mayor reside en no perder la fe en la escritura.

Alguna vez dijiste que practicas la escritura de “ningún día sin una línea”.
-Sí. Y mucho más de una línea. Tendrá que salir algo bueno de repente.

“PEINAR LA MUÑECA”

Sentado en el café de la Biblioteca Nacional, Alfonso Calderón, Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua y autor de un “Diccionario de voces desautorizadas”, define posiciones frente al lenguaje juvenil: “A esta edad, a uno le cuesta incorporar las palabras nuevas. En cambio, en la edad plástica, la joven, puedes aprender veinte palabras diarias, y las va a aceptar. Yo no puedo hacerlo”.

Pero no te haces parte de las lamentaciones y los quejidos que a menudo se oyen contra el empobrecimiento del lenguaje en Chile.
-Yo creo que la gente joven siempre ha tenido una jerga diferencial, que se usa como una manera de marcar distancia. Pienso que el lenguaje puede haberse empobrecido con respecto al siglo XVIII, pero de joven yo usaba el lunfardo, por el tango. Creo que el jergón de los jóvenes marca diferencias y al mismo tiempo restablece sus identidades. Ahora, cuando se quedan en eso, terminan en las cunetas, en los carretes. Se quedan ahí y se mueren ahí. Uno no puede hablar como diccionario tampoco. Sería horrible. Además, me divierten algunas de las metáforas de los jóvenes.

¿Por ejemplo?
-Peinar la muñeca, andar arriba de la pelota, echar la foca.

¿Cuánto lees?
-Mínimo, 300 páginas diarias. En periodo de vacaciones 600 ó 700. Pero también practico una exploración de la vida. La vida no son sólo los libros.

¿Qué tipo de libros lees más últimamente?
-Menos cuentos y novela que antes, menos poesía también. Mucho menos. No dejo pasar libros de historia, de antropología de lo sagrado, y no por creencias, sino por un inmenso placer, que se ha ido corriendo, a medida que he envejecido, hacia los libros llamémosle de no ficción, pero que son de ficción también. Tarde me he interesado por la historia y la música docta. Nunca fingí conocimientos que no tengo. También veo televisión. Sigo series, alguna película antigua.

¿Televisión chilena?
-No, salvo el noticiario. Antes, de repente me quedaba viendo algunas teleseries, porque me hacían sentir muy primitivo.

¿Cómo así?
-Son emociones muy simples; es la tragedia griega al servicio del pueblo, como lo fue la tragedia griega en su momento. Las teleseries me permitían enojarme con alguien, odiar a alguien. Hace bien por un momento volver a ser primitivos.

Entregarse al efecto buscado.
-Claro, te contagian. Y algo más: en la dictadura yo en un momento no tenía entradas ($), me habían echado de la universidad y me salió un trabajito para opinar sobre libretos de teleseries. Intervine en tres, una de ellas “La Torre 10”.

¿De qué modo interviniste?
-En los libretos; por ejemplo, sugerí que había que tener un fotógrafo en la Plaza Brasil, cosa de darle algún trabajo a un amigo que estaba sin pega. También yo sugerí al personaje del bedel de la torre en esa teleserie. Otro amigo. Aparecía en todos los capítulos y le pagaban. Hasta que me descubrieron y me echaron. Esa es mi relación con las teleseries.

CAPITAL Y SOBERBIA

¿Qué te produce indignación?
-La acumulación del capital. Debe ser por haberme formado en el marxismo. A mí la especulación, la acumulación y la volatilización de los capitales me indigna. No he comprado nunca una acción, ni siquiera cuando todos me decían que las acciones de tal banco eran tan sólidas que primero tendría que venirse abajo el país para que se cayeran. Y en 1982 se vino abajo. Soy muy desconfiado en todo lo que prometa dinero en plazos breves. No tengo buena mirada a los financistas.

¿Qué te parece la conducción económica del gobierno?
-Yo pensé siempre que los ministros de hacienda de la Concertación han sido muy atinados, y éste de ahora especialmente, porque cuando todos querían gastar, él hablaba de guardar para los riesgos futuros. No tengo ninguna seguridad de que vamos a pasar bien la crisis ni de que no vayamos a tener problemas, pero no se puede gastar todo lo que se gana. Es un consejo de economía primaria, casera.

Era Piñera el que proponía no tener superávit estructural.
-Sí, y si llega a ganar la presidencia, postulará que se privatice Codelco, lo cual sería un desastre para la economía del país y jauja para los capitalistas no populares.

A los capitalistas duros, ¿los obliga esta crisis a meterse un poquito la cola entre las piernas?
-El problema básico es que a muchos empresarios y capitalistas los posee el pecado sin remisión: la soberbia, el orgullo. El soberbio y el orgulloso siempre van a encontrar justificación para lo que han hecho y nunca van a reconocer culpas; las atribuyen a otros. He estado leyendo que en países como Finlandia los impuestos a los capitales son muy fuertes. Aquí les ponen un impuesto que supere, no sé, el 20%, y ponen el grito en el cielo. Tengo un gran temor de que los volatilizadores de capitales lleguen al poder. Espero que no ocurra.

Enviar por EmailCompartir en FacebookTwitea esto!
Publicado el 10 de Agosto 2009 por Vic